Fractura Transversal

Nos rompemos. Continuamente. Somos de una fragilidad extrema. Lo reconozcamos o no, todo lo que somos y lo que no somos es susceptible de rotura. Lo que nos rodea se resquebraja al instante. Materiales, tejidos, fibras. Cuerpos. Almas. Lo inerte y lo vivo se fracturan de forma ineludible.

El accidente llega en el momento menos oportuno. No siempre es azaroso. En ocasiones, solo había que prestar atención a las señales. El golpe, el mal paso, la caída aparatosa. La sobrecarga, el impacto, el fallo del sistema. Un chasquido ensordecedor anuncia el relámpago doloroso que nos informa. Otras veces, una pérdida paulatina nos susurraba lo que nos iba a suceder.

Balance de daños. Estamos vivos. La casa aún se sostiene. Pero sabemos que algo no va bien. La fisura, el desperfecto, la grieta, la sangre que brota de la herida, el desgarro. La fractura. Familias separadas, relaciones interrumpidas, corazones rotos, almas lastimadas.

Evaluamos si la reparación es posible. La regeneración del hueso, el ensamblaje de la pieza, el químico adhesivo, asignar un nuevo uso a lo que ha perdido su función. El intento puede resultar inútil: hay cosas que no tienen arreglo.

Podremos ocultar las marcas. El bañador, la cortina, la nueva capa de pintura, la venda que cubre, el parche cicatrizante. Pero nosotros conocemos los trazos. Las huellas de nuestras fracturas conforman nuestra historia.

La vida, a pesar de su secuela, continúa. Una cojera; la pérdida de visión de un ojo; no poder tener más descendencia; la costura que cruza el pecho; la cicatriz de límites difusos por una herida mal cerrada. El dolor crónico.

Superado el trance aprenderemos a vivir de otra forma. Nos volveremos más sabios, aprovecharemos la nueva oportunidad que la vida nos brinda. Conoceremos algo de nosotros que ni nos imaginábamos.

Pero no olvidaremos que volver a romperse es posible; solo por eso, nunca volveremos a ser los mismos.

Imagen y texto @Diana Plaza Ortiz