B A L L E N A S (I)

Me ajusto el chaleco salvavidas —viejo, gastado, descolorido— preguntándome cuántas veces habrá cumplido su verdadera función. Si contendrá alguna partícula —minúscula, imperceptible— del último superviviente al que vistió, alguna reliquia del salvado a la que encomendarse en caso de accidente. Los once —todos menos el barquero— nos lo pusimos antes de subir, como hábitos protectores para emprender la última parte de nuestra travesía. Ajusto el broche intermedio, pensando cuál es la vida útil de este objeto redentor. Compruebo el nudo que hice con las cintas del broche inferior, roto, calculando cuántas vidas tiene que salvar para dejar de serlo.

La línea de la costa, plana, parece desde aquí apenas una sombra verde, apagada. Siguen allí las nubes densas y manchadas que la cubrían durante la espera en tierra. A esta profundidad el movimiento de la barca es ligeramente menor que cuando salimos de la mansedumbre del manglar y nos adentramos en el océano. La ondulación del agua es ahora pesada; se desliza de forma redonda, sin estruendo, ni espuma, ni bucles, como si la maquinaria que la mueve estuviera a mucha profundidad, y este subir y bajar fuese un pequeño eco de lo que está sucediendo en algún punto lejano que no nos concierne —del que nada sabemos—. Cuando la barca está parada, flotando, sólo se distingue sobre el rumor continuo del océano, el sonido del agua al chocar consigo misma en el vacío que deja el espacio del casco al levantarse sobre la superficie con el vaivén. Permanecemos en silencio. Esperamos las señales, cada uno a su manera.

—Hay que tener buen ánimo. Son sensibles, pueden detectar la energía del grupo.

Nos lo recuerda un hombre joven, muy bronceado y con aspecto deportivo, sentado a horcajadas en el listón más estrecho, junto al barquero, a la proa del pequeño bote —también viejo, descolorido, gastado— en el que estamos. Lo había dicho por primera vez el día anterior. Llegaba con un grupo que reía y cruzaba anécdotas que les hacían reír más. Venían felices. Lo habían visto. Él se había parado en el porche de la casa, para contárnoslo a los recién llegados. Los que escuchábamos, pensábamos ansiosos en el día siguiente. Y entonces lo dijo.

—Lo importante es mantener el buen ánimo.

El movimiento del agua y el peso de los demás, sentados dos a dos, levantan ligeramente la parte delantera. Nuestros cuerpos miran al frente, menos el suyo y el del barquero, y le escuchamos atentos, como a un gurú que nos recuerda desde su podio nuestro mantra. Él es uno de nosotros. Pero ha estado allí antes, varias veces, también en ese bote, junto a ese barquero y su ayudante, en algún punto sobre la misma masa de agua en que nos encontramos. Él ya ha sido testigo, y eso, en este medio líquido, inagotable, impredecible, es lo que nos diferencia.

“Buen ánimo”, me digo; “buen ánimo”, repito en voz baja; pronuncio como una antigua oración en un idioma extraño. Miro a los otros en el bote, por si los rezos causasen algún efecto. Pero seguimos siendo un grupo de doce peregrinos en una pequeña embarcación, unidos por el deseo voraz, de poder llevarnos lo que vinimos a buscar. Me esfuerzo por cumplir el mantra, como quien se quema las manos al agarrar un clavo ardiendo. ¿Estarán haciendo igual los otros?

Después de un rato sin que ocurra nada, el barquero le dice a su ayudante, en la popa del bote, que encienda el motor de nuevo para buscar en otra zona. Señala hacia un lugar en la inmensidad que nos rodea. Un retumbo quiebra el rumor acuático, y los cuerpos se tensan para hacer frente otra vez al movimiento sobre el agua, que se queja del paso recto que la corta, salpicándonos.

Entonces el ayudante grita un nombre, que sólo el barquero entiende, y señala con el brazo extendido. El resto giramos las cabezas, las movemos para encontrar el hueco que nos permita ver entre las de los demás, al acecho.

—¡Allí están! —se oye decir.

A muchos metros de distancia —cómo medir lo que se desconoce— se ve una sombra corpórea y oscura sobresaliendo del perfil ondulado del agua. Traza un arco sutil con su contorno, y desaparece al cabo de unos pocos segundos. Ha sido muy fugaz y estamos demasiado lejos. Pero un rumor excitado invade el bote, y me dejo llevar por el entusiasmo. El barquero le indica al ayudante, y el sonido del motor rasga el aire. Tomamos un nuevo rumbo. Creo que todos rogamos para que cuando lleguemos la visión continúe allí. “Buen ánimo”, me digo; “buen ánimo”, repito en voz baja.

Continuará

Imagen y texto ©Diana Plaza Ortiz

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s