T I T A N E S

No entiendo algunas cifras si no las pongo en relación con algo.

—La parte vegetativa llega hasta los tres metros —. Pienso en una casa pequeña, de una única altura. —Sin embargo, la inflorescencia, esa punta que ven, puede crecer de seis a ocho metros —. Poco más de dos pisos y medio. —Lo que hace que estos ejemplares midan alrededor de los diez metros —. Un edificio de viviendas de dos plantas más baja, a falta de la cubierta. —Sin embargo, algunos sujetos pueden alcanzar hasta los doce metros de altura —. El vecino del tercer piso podría extender su mano desde el balcón y tocar la punta roma de este gigante.

—Tengan en cuenta que estos rodales —continúa la guía —crecen a grandes altitudes. Les recuerdo que nos encontramos a cuatro mil doscientos metros sobre el nivel del mar —. Respiración alterada, sensación de cansancio, piel tirante por los efectos del viento y el sol, crecimiento exponencial de asombro a cada paso. Según baremos propios.

El camino hacia el glaciar discurre por un valle amplio, que a esta altura está flanqueado por montañas con perfiles aún redondeados cubiertos de hierba, verde y amarilla, que las hace parecer mullidas, suaves. Más adelante, irán afilando su contorno, fragmentándose, y su color oscuro consumirá el de la hierba hasta hacerlo desparecer. Pero eso será luego, cuando lleguemos al glaciar, y João pueda conocer la nieve por primera vez. En el trayecto vimos algunos rebaños, y refugios de piedra con techos de paja —algunos destruidos—, tan bajos que parece que sólo se pudiera entrar agachado, como para esconderse. Pero no hay escapatoria cuando lo vasto y lo pequeño se abarcan de un solo golpe de vista.

—Deben saber que están ustedes ante la mayor bromelia del planeta —. Visualizo el oro en el podio de unas olimpiadas —. Pueden vivir de ochenta a cien años —. Lo que un humano, un poco más; uno de los de antes, claro, sin contaminación, ni transgénicos, ni wifi; pero con hospitales. Uno de esos abuelos honorables que aparecen en las noticias soplando velas, cuando cumplen un siglo.

El tiempo de la visita es corto, y me apuro por trepar entre las plantas para verlas de cerca. Son enormes, pero cuando alguien se acerca a ellas, se comprueba que son en realidad gigantes. Como poner el dedo junto a una grieta en la pared, para entender su tamaño real, su gravedad. Los que necesitamos relacionar cosas para entenderlas, vamos por ahí, poniendo el dedo en todas partes.

El grupo se quedó abajo, junto a la carretera, y la voz de la guía se difumina por el viento:

—Es endémica de … Señores, sepan que … las mayores inflorescencias…, alrededor de o… mil flores que, una vez fecundadas, pueden dar lugar a … millones de semillas por planta.

—¡João! —. Mientras hago fotos, él graba vídeos para su canal de YouTube. Me mira con su sonrisa franca, como una rodaja de melón, blanca y dulce, que le cruza la cara. —¿Cuántas ha dicho?

Levanta el teléfono diciéndome que no lo ha oído porque estaba grabando. Señala a la guía, me pide que se lo preguntemos más tarde, porque él necesita los datos. Habla mi idioma, teñido de un acento brasileño tan dulce como su sonrisa frutal. Me acerco al grupo.

—… especie monocárpica. Esto significa que, tras florecer y fructificar por primera y única vez en su ciclo vital, lo que le lleva, como digo, varias décadas, la planta muere.

Y yo, que si no relaciono algunas cifras no las entiendo, me miro los dedos de la mano sabiendo que no será suficiente.

***

Si llegas a ser uno de esos abuelos honorables que aparecen en la tele, soplando velas, a la edad de cien años. En tus primeras décadas de vida se desarrollará tu cuerpo, estudiarás —si tienes suerte—, pensarás que la vida es infinita. Te enamorarás varias veces, te desengañarás casi las mismas. Amarás a tu familia, la odiarás, volverás a amarla, querrás vivir lejos de ella. Tomarás decisiones. Viajarás distancias cortas para conocer tu entorno. Tendrás amigos, mantendrás algunos, encontrarás más. Imaginarás el futuro.

Al mismo tiempo, esta planta crecerá silenciosa, centímetro a centímetro, produciendo sus hojas largas y puntiagudas, espinándolas para protegerse. Conformando su base sobre el suelo mullido de hierbas bajas en el que germinó, cubriendo su centro capa sobre capa, construyendo un tallo rígido y firme que sostenga su crecimiento, preparándose para el largo camino por delante.

Pasarán los años mientras avanzas. Los estudios, o los trabajos —o ambos—; descubrirás la existencia bajo una crisis económica global; emigrarás o permanecerás —o los dos—. Te enamorarás —de nuevo—, te desengañarás —de varias formas—. Amarás a tu familia, la odiarás, volverás a amarla, te preocuparás por ella. Conocerás el peso de una decisión equivocada. Viajarás más lejos —si tienes suerte—. Te cruzarás con mucha gente. Algunos se volverán amigos, te olvidarás de otros, valorarás a los que ya tenías. Cuestionarás el sentido de la vida. Puedes perderte. Puede que te fractures.

Ella, entre tanto, ganará más altura. Su contorno destacará erguido sobre la línea del paisaje, desafiando a las montañas que la escoltan. Se añadirá centímetros —uno más uno—, bajo la acción tenaz —como lo es todo a esta altitud— del viento, del sol, del frío, del paso de las nubes, de la falta de agua —o de su exceso—, de las quemas humanas, de los intentos de otros animales por saciarse. Quizás alguno lo consiga.

Tú continuarás trabajando, o criarás a tus hijos —o ambos—. Habrás descubierto que el tiempo es finito. Quizás intentes cumplir algún sueño pendiente. Te (re)enamorarás, te (re)desengañarás, establecerás distancias —te sentirás solo—. Amarás a tu familia, la odiarás, volverás a amarla, la necesitarás. Intentarás perdonarte los errores o el arrepentimiento —o los dos—. Viajarás a lugares por última vez—te despedirás—. Serás menos flexible. También tu cuerpo. Conocerás a menos gente, perderás amigos, cuidarás más que nunca a los que continúen a tu lado. Echarás en falta, recordarás, soltarás lastre. Asumirás que hay cosas que no tienen reparación.

Ella, al mismo tiempo, seguirá apuntándose, incansable. Alcanzará, sin retroceso, el vértice romo que la corone. Se sabrá uno de los colosos de este paisaje franco y sin escapatoria, con la certeza de la que sabe lo que está por llegar.

Y ese día, mientras soplas cien velas para el noticiero, sobreviviendo a la debilidad de tu cuerpo en el sillón; sosteniendo el peso de la experiencia junto a la tarta—dulce, frutal—; dibujando frente a la cámara, lo que las vicisitudes de tu historia dejaron en tu sonrisa, esta planta, en su máxima altura y esplendor, lucirá exuberante sus miles de flores —o decenas de miles, ni João ni yo pudimos escucharlo—, como las medallas brillando sobre el pecho del primero en el podio. Porque toda su existencia ocurrió en torno a este momento, y ha tardado cien años en ser la versión de sí misma más bella y generosa que nunca. Así pasará meses, atrayendo y derrochando, prolífica, para que esas miles y miles de flores que la visten se conviertan, finalmente, en cientos de miles —¿o eran millones? — de semillas. Y cuando fructifique, por primera y única vez en su larga existencia —sólo entonces—, terminará secándose.

***

—¿Las han quemado? —. Muchas de las plantas más altas, con sus puntas de vértice romo, parecen carbonizadas. Señalo uno de los grupos más numerosos, con varias muy juntas.

—Lo hacen ellas mismas cuando mueren —explica la guía. El recuerdo de nuestra foto será el de su esqueleto. —Muchos ejemplares florecen a la vez. La última ocasión fue hace dos años —. Miro las plantas vivas, pequeñas, aún redondas, y calculo, agrupando los dedos de ambas manos, el tiempo que tendría que vivir para ser testigo de la próxima.

***

En la furgoneta, camino al glaciar, se lo cuento a João.

—¡Pero son plantas! —me dice incrédulo. Le miro sonriente, pidiéndole clemencia por esta manía irremediable de encontrar metáforas en todas partes, y por mi dedo, tramposo. —Tú estás un poco loca —. Rompemos a reír. Le muestro las fotos que tomé con mi cámara. Me hace prometer que se las haré llegar.

Subiendo por el valle, las montañas, cada vez más oscuras y afiladas, sustituyen el verde de sus bases por el blanco en sus cumbres.

—Como saben, hoy llegaremos hasta los cinco mil metros de altitud—informa la guía por el micrófono. —El glaciar que visitaremos tiene una superficie aproximada de dos kilómetros cuadrados… —. João anota todos los números, para contárselo a sus seguidores cuando grabe su video para YouTube delante del glaciar. Yo escucho las cifras sin entenderlas —las manos en los bolsillos—, desorientada entre las dimensiones de este territorio de titanes.

Por la ventanilla se ven nubes oscuras, y él me pregunta, con su sonrisa dulce y frutal, si creo que se cumplirá el pronóstico. Es la versión pequeña de la que partirá su cara más tarde, cuando estemos delante del coloso de hielo, y sienta la nieve sobre la piel por primera vez en su vida, sabiendo que no será la única.

Imagen y texto ©Diana Plaza Ortiz

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