A P A R I C I Ó N

Las nubes se deslizan indemnes sobre los bordes montañosos, altos y puntiagudos, que forman el perímetro de la laguna. Rápidamente la oscurecen, tornando, a su paso, el color esmeralda de la superficie en un gris acerado; ocultan por minutos algunas partes del paisaje, lo ciegan parcialmente, como un puzle incompleto. Pero siguen su curso. Entonces el sol vertical del ecuador recupera su lugar, devuelve los contornos al relieve, le saca brillo al vidrio esmerilado que pule trescientos metros más abajo. Ocurre constantemente: al paso sombrío de las nubes le sigue el consuelo caliente de un sol tenaz, que la severidad del viento hace amable a pesar de su dureza.

Este viento feroz. Arremete tan fuerte, que me hace caminar agachada, grave, por el sendero estrecho y arenoso que discurre siguiendo el perfil afilado de la caldera volcánica, casi circular. Es la huella de un colapso. Me recuerda a esos gráficos médicos con picos fluctuantes, que dibujan las taquicardias de los pacientes conectados al monitor. El trazado del camino no se distingue a simple vista, se confunde con los rastros blancos que arañan la montaña oscurecida, producidos por el agua y las caídas del terreno. Sin embargo, se intuye porque se conoce su centro, acuático, mutable. No tiene pérdida.

—Vértigo —diagnostico.

Cuando la vereda discurre durante varios metros a la espalda de alguna de las cúspides, todo es silencio. A ese lado la laguna no existe, y la vista se pierde entre las líneas amontonadas de otras crestas montañosas, también pardas, verdes y amarillas, como ésta; oscuras, casi negras cuanto mayor es la distancia. Allí el sendero se vuelve más firme y llano. Lo delimitan arbustos que no se verán obligados a crecer al ras del suelo; también algunos árboles se alzan resguardados. Durante esos metros, crees que serás capaz de seguir caminando por kilómetros. Pero después del último recodo del tramo, sientes otra vez la fuerza invisible que te empuja sin tregua. Ves de nuevo el agua cambiando de color, mientras te esfuerzas con todo el peso del cuerpo en tus pies sobre la tierra blanquecina. El camino se convierte entonces en una cuerda floja inclinada, con la pendiente cayendo hacia los lados y tú sin saber dónde agarrarte.

Después de caminar un cuarto del recorrido, se adelantaron. Acostumbrados a la altitud, cada vez me costaba más seguir su ritmo. Ellos lo deseaban, aunque no lo decían, y yo se lo pedí, para aliviarles. Nos despedimos para siempre. Les había conocido la noche anterior en el hostal. Uno de ellos nos enseñó un juego de cartas, en el que conocer la estrategia no era suficiente: imposible ganar sin una buena mano. Jugamos.

Por un rato, aún pude seguirlos. Como las piedras que le dejan a una para que sepa cuál es el camino, la referencia de lo posible eran esos tres puntos caminando sobre el perfil de la caldera. Más pequeños y oscuros, conforme se agrandaba la distancia. A veces desaparecían tras alguno de los picos durante un rato, o lo hacía yo; no tardaba mucho en volver a distinguirles.

En ocasiones, el trazado de los que pasaron antes se desdibuja en la tierra arenosa, y el sendero se divide en dos leves, que más adelante volverán a juntarse. Una de las variantes suele ser la difícil: más empinada, más deslizante, o más al filo de la pendiente. No es posible saberlo de antemano. Cuando aún distinguía los tres puntos, rastreaba sus elecciones. Pero calculo que dejé de hacerlo definitivamente cuando completé un tercio del perímetro. Aún no me he cruzado con nadie, la última masa de nubes parece más densa y oscura que las anteriores

—Amenaza lluvia —pronostico.

Continúo, buscando algún lugar que me sirva de refugio. Hace rato que el sendero discurre por el frente más expuesto a la fuerza del viento. Siento que tomo la variante complicada, hasta que reculo para coger la que deseché antes, pareciéndome que camino el doble. Me arrastro sobre las piedras sueltas en los tramos inclinados. Llego hasta un árbol solitario que crece, recio, en contra de la pendiente que desciende a uno de los lados, sobre la que se asienta. Calculo que estaré casi a la mitad del recorrido, en el diámetro opuesto al pueblo. Desde aquí se ve en su totalidad el camino que lo une a la laguna. Ha avanzado la mañana y se acumulan en él muchos puntos, una mancha desigual que se reparte a lo largo de la línea blanca que desciende, rasgando la montaña. Yo también seré un punto oscuro para ellos, aunque no puedan distinguirme.

—Mejor será que no camine sola —. Recuerdo. —¿Por qué no les pregunta? — La dueña del hostal señalaba la mesa donde estaban los tres sentados.

Observo la masa oscura de nubes desaparecer finalmente sobre el perfil montañoso que aún no he recorrido.

—Falsa alarma —. Invoco.

***

Si te tumbas, el viento deja de empujarte. Se desliza sobre tu cuerpo, te pasa por encima, te protege del calor del sol, aunque no de su luz incansable, que te quema silenciosa la piel. Tumbada se puede apreciar la velocidad de las nubes con la espalda abrigada por la tierra, también caliente.

Me incorporo para mirar el perfil del recorrido hecho. Estoy a unos quinientos metros del punto de partida, pero llegaré en el sentido contrario al que esperaba. Me repito las frases que elaboré antes, adivinando que llegaría este momento. En la ladera del pico que se levanta tras de mí, al otro lado del sendero, pacen, de forma escalonada, varias mulas de pelo oscuro, como si estuvieran en un auditorio. Desde aquí sólo es visible la parte final del camino ancho que baja hasta la orilla transitado por gente —los puntos han recuperado su forma—. Algunos descansan en las lindes, otros montan en mulas que ofrecen los locales para salvar el desnivel. Las que están a mi espalda no llevan aún la montura con mantas de colores; sólo las riendas alrededor de la cabeza. Pienso que estoy sola, como durante el resto del camino, cuando oigo detrás de mí, atravesando el rugido del viento, una voz infantil.

—¡Mamita, mamita! —. Al girar la cabeza, veo una niña aparecer por el perfil superior del montículo. Baja por la pendiente sorteando a los animales mientras me hace señas con una mano, se echa la larga trenza hacia atrás y se agarra a lo que encuentra para asegurar sus pasos, todo a la vez. Se desliza de forma tan coordinada, que me avergüenzo de mi torpeza bajando otras pendientes como aquella. Llega hasta mí respirando agitada.

—¿Te ocurre algo? —. Tendrá unos cinco años, y viste como las mujeres locales: la falda hasta la pantorrilla, una rebeca con botones abrochados sobre la camisa, calcetines altos. Miro pendiente arriba, pero no veo a nadie más. —¿Estás tú solita?

—Solita no. Mi tío… — Señala con una mano el lugar por el que apareció, mientras que se retira de la cara el pelo que se le ha soltado de la trenza. Balbucea las palabras en mi lengua; está hablando un idioma que no es el suyo.

—¿Está bien tu tío? ¿Necesitáis ayuda? —. Me levanto, haciendo ademán de acompañarle hacia el lugar por el que vino.

—No, no —me dice sonriendo—. Mi tío está bien —. Parece que la que quiere tranquilizarme es ella. Más recompuesta después de la bajada, me mira de forma dulce. Me fijo en sus ojos oscuros, los hoyuelos enmarcándole la boca, los pendientes redondos adornando los lóbulos de sus orejas. Hay algo en ella, incierto, en lo que me reconozco.

—Mamita, ¿me da plata? —balbucea de nuevo. Como no digo nada durante unos segundos, me repite la pregunta, asegurándose de que la he entendido bien.

—Pequeña, no tengo nada. Lo siento —le respondo haciendo un gesto, mostrándole las manos vacías.

—Mamita, plata, por favor —remarca las palabras. Niego con la cabeza, me disculpo de nuevo. —Por favor —dice señalándose los pies.

Lleva esos zapatos infantiles con los que nos calzan cuando somos niñas: la punta redondeada, el talón recogido, el tobillo libre, la cinta que cruza el empeine abierto, hasta ajustarse en la hebilla. Se distingue el color rosa bajo la suciedad del polvo que los cubren. Su zapato derecho lleva un pequeño lazo, también rosa, que adorna la parte delantera. Se agacha, y señala con su dedo la ausencia del lazo en el otro.

—Roto —me dice elocuente, mirándome desde abajo, con la cabeza doblada sobre la nuca.

Me agacho junto a ella. Mis botas —impermeables, resistentes, protectoras— me resultan impropias al lado de sus pequeños pies. Adelanta el izquierdo, para que compruebe lo que dice. Observo el punto de la costura que dejó el lazo desaparecido. Comprendo que, desde que se rompió, se ve obligada a llevar unos zapatos desiguales. Sé que no puede obviarlo porque visten cada uno de sus pasos; como tampoco yo puedo ignorar lo que cargan los míos.

—¿Y si quitamos éste? —le digo señalando con mi dedo el lazo que aún permanece. Estoy a punto de tocarlo, cuando ella se yergue y retira el pie adelantado rápidamente. —Quedarían los dos iguales —le explico.

—¡No, no! —dice seria mientras da un par de pasos atrás.

Detrás de ella continúa el camino que deshice hace un rato. Reconozco, lejano, el lugar en el que decidí que no podía seguir, porque lo marca la silueta diminuta de un árbol. No podría distinguir ese punto desde donde estoy ahora, con la niña, si no hubiese llegado hasta allí. Junto a aquel árbol creciendo en el sentido contrario a la pendiente, resistiendo, inclinado, el impulso del viento, supe que no era capaz de seguir siendo un punto imperceptible en el paisaje.

—Mamita, deme plata, por favor. Nuevos —. Hace un gesto con las manos, indicándome que ya me ha rogado lo suficiente, que no le haga esperar más.

Nos miramos ambas por unos segundos. Giro la cabeza hacia la ladera, me pregunto si su tío nos observa, oculto por la altura. Las mulas apenas se han movido. Parece que este viento veraz no les molesta.

Cuando vuelvo la mirada, la niña ya está lejos, subiendo ágil por la pendiente. Desaparece tras el perfil afilado del terreno, recortado sobre el cielo de nubes que cruzan la caldera, tornando el color de su inerte laguna. Imparables.

Imagen y texto ©Diana Plaza Ortiz

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