U N I V E R S O (II)

Viene de la entrada Universo (I)

—¿Qué pasa entonces con tu hijo? —pregunto animándole, chupando la pajita en espiral. El alcohol amplía la percepción de mis sentidos que examinan con detalle la escena: el olor dulce y ácido de las frutas cortadas; el calor al sol en las piernas y los pies desnudos en contraste con la piel del torso abrigada en la sombra; el colorido de las manchas del jugo sobre la barra; la quietud del bar con la piscina rodeada de hamacas vacías; cierto olor a cloro; la familiaridad con que unos desconocidos comparten un trago.

—También me lo pregunto —dice en un tono pensativo, mientras limpia el cuchillo en el fregadero—. No es buscado, ¿sabes? Simplemente… pasó. Pero espero llegar a tiempo. La madre piensa que no voy a ir, que la voy a dejar sola. Que no la quiero ¿sabes? Pero no la culpo, tiene derecho a pensarlo después de lo que hice. Pero voy a llegar, ¿sabes? Lo que he sentido con ella, no me ha ocurrido jamás —. Calla unos segundos, coge un trapo y seca el cuchillo con cuidado —. Uno no es de piedra, ¿sabes? Reconozco que, en este tiempo, he conocido a otras. Hay muchas tentaciones por ahí —sonríe al rubio en un gesto de camaradería—. Pero después me acuerdo de ella. Lo nuestro es enérgico, pura fuerza: somos los dos un caos auténtico, y juntos formamos un universo caótico—. El chico coge el cuchillo que había dejado sobre la mesa, para cortar el precinto de una de las botellas, y la abre. Busca la aprobación del rubio para vaciarla por completo en el tarro de cristal. Procede con las otras dos botellas que tiene junto a los restos y la fruta sobrante, esparcida fuera de la cesta, en una esquina de la parte posterior de la barra.

Aparecen por la apertura en la valla de madera que rodea la piscina, una pareja que camina cogida de la cintura. Saludan con la mano a los chicos de la barra antes de llegar hasta nosotros. Es la chica de rizos que estaba en la recepción esta mañana. Besa en la mejilla al rubio, hablan algo sobre unos turnos. De repente la chica se dirige a mí, y destapa un recipiente de plástico que lleva en su bolsa, para mostrarme el interior.

—¿Brownies? Dos por ocho soles, uno por cinco —dice con la palma de la mano libre, abierta. Le sonrío agradecida, pero no tengo hambre. —Tranquila, no llevan sorpresa —Todos arrancan a reír por el comentario. Me pregunto si es una broma local, o sabe algo de la conversación. La chica coge de la mano al tipo con el que entró, que no se ha movido de su lado, y se marchan, despidiéndose de todo el mundo hasta el día siguiente.

—Es holandesa. Llegó al pueblo, viajando. Como tú. Él es de aquí. Como yo. Se enamoraron y decidió quedarse. Están juntos desde entonces.

Miro al rubio fijamente, concentrándome. No es europeo, como yo creía. Me doy cuenta de que es la primera vez que le oigo pronunciar más de una frase. Estoy a punto de decírselo, pero me callo. Siento que me adormece la mezcla del alcohol con el calor de esa hora en la piscina del hostel. Es una modorra dulce, afrutada por el sabor del cóctel, rosa como el color del jugo de su composición. Recibo sonriendo la historia de la holandesa; lo interpreto como un movimiento de seducción.

—Ese día yo preparaba el desayuno, mientras ella estaba en la ducha. Los demás de la casa aún estaban dormidos, era temprano. No habíamos dormido en toda la noche. Ya te dije, llorando y tirando sin parar. Nos levantamos pronto porque yo debía coger el bus. Cuando llamaron a la puerta y abrí, me quedé paralizado. Cuatro tombos, allí parados. Preguntaron por ella, y no supe qué responder. Salió del baño en toalla, extrañada por oír su nombre en la puerta a esas horas, y entonces entraron. Nos cogieron a todos y nos llevaron con ellos. Pucha, habían aparecido de sorpresa y teníamos todo a la vista…

» Me interrogaron. Me preguntaron sobre la plata y la droga que habían encontrado en el departamento. Los huevones nos hicieron el jueguito de que los demás lo estaban soltando todo, y que era mejor adelantarse. Al principio me mantuve callado, pero los tipos me acabaron golpeando, y me asusté. Poco, no soy un soplón —para un momento de pasar el paño sucio sobre parte posterior de la barra, y respira profundo; parece que dudase de lo que acaba de decir —. Pero me soltaron, porque no tenían nada contra mí —dice afirmándose—. Como te decía, yo no participaba del negocio de forma… —vuelve a pensar unos segundos lo que va a decir— visible. Al tercer día nos soltaron a mí y al venezolano. No sé qué contaría él, ni le pregunté. Nos fuimos directamente a la terminal. Allí nos despedimos y nunca más le vi. Yo volví a la casa de mi mamá»

Le doy vueltas al vaso sobre la barra. Está vacio, sólo se distingue el poso rosáceo. El rubio tiene apoyado un brazo sobre la barra. Desde la última vez que habló, cada vez que gira la cabeza para mirarme, le correspondo, como si tuviéramos una conversación subyacente. Ambos permanecemos en silencio mientras el chico cierra finalmente el frasco de cristal.

—¿Dónde lo dejo? —pregunta. El rubio le indica dónde con un gesto, apenas pronuncia dos palabras.

—Ella me llamó una semana después. Estaba fuera, y no tenía dónde ir. El colombiano también, pero el pata se largó volando. Me contó que había llegado a un acuerdo con los tombos. La habían soltado para que buscase el dinero, pero se guardaron el pasaporte. Quería volver a la casa, pero la dueña había cambiado la cerradura. No hubiese servido de nada: esos tombos huevones ya se llevaron antes toda la plata del departamento. Llamó a su familia, para que le enviasen la plata desde tu país. Dos mil dólares le exigieron esos huevones. Su familia le pidió a cambio que volviera. Ella no quería regresar, pero necesitaba salir de allí. Les dijo que sí, para que le enviasen el dinero y recuperar el pasaporte. Me llamaba para venir conmigo. Yo le dejé sola, y ella aún quería verme. Es una mujer increíble, ¿sabes? Yo nunca paré de pensar en ella, pero no había estado a la altura. Pucha, soy un huevón, me pudo el miedo, y la abandoné —. El chico ha terminado de limpiar la barra y lanza el trapo gris al fregadero, junto con la tabla de cortar sucia y el cuchillo que dejó después de abrir las botellas. Gesticula en silencio de nuevo con las manos, alargando los brazos: las mueve de arriba abajo, pidiendo de nuevo comprensión.

—Por supuesto que la recibimos mi mamá y yo. Volvíamos a estar juntos, nos unía otra vez esa fuerza brutal, inagotable. No podíamos separaros. Ella había sido profesora en tu país, antes de que viniese, y le busqué un trabajo en una escuela de mi ciudad. Pero no se adaptaba. Decía que no soportaba los horarios y la rutina del trabajo. Yo la entendía. En eso también somos iguales —dice como si no pudiese ser de otra forma.

» Una noche en la cama, después de terminar —me mira aclaratorio—, estábamos fumando y me contó algo. No sólo la soltaron a cambio de la plata. La obligaron a someterse como parte del acuerdo —. Chasquea la lengua, sacude la cabeza—. Abusaron de ella. Fueron tres —dice levantando tres dedos de la mano—. Tres huevones, unos hijos de puta —. El chico me pone la mano delante de la cara, como si yo fuese la única que realmente pudiera comprender lo que ese número significa. —Pucha, cuando me lo contó me sentí una mierda. Le pedí perdón por haberla dejado sola. Ella me perdonó, me dijo que no hubiese podido hacer nada. Aquella noche también la pasamos llorando, y tirando de una forma brutal, fundiéndonos los dos en un solo ser—. Guarda silencio, pensativo; cuando habla de nuevo, gesticula con las manos. —Ella tiene una energía caótica, ¿sabes? —dice levantando el puño izquierdo a la altura de su cabeza—. Y yo también —levanta el puño derecho ahora, lo coloca parejo al anterior—. Somos los dos, separados, verdaderos caos. Pero cuando un caos y otro caos se juntan, es una explosión —dice acercando lentamente las manos hasta chocarlas; cuando lo hace extiende los dedos y comienza a expandir los brazos hacia fuera —. ¿Sabes? El universo nació de una explosión —. El rubio me mira de nuevo con ese gesto de labios apretados, como si quisiera decir algo. Creo que casi va a hacerlo, cuando el chico de rastas continúa hablando.

—Estuvimos juntos unas semanas. Su familia desde allá la molestaba constantemente con que regresara. No queríamos separarnos, pero ella no se encontraba bien, no quería trabajar en aquel colegio, y al final se fue. Yo quise irme con ella ¿sabes? Pero no tenía la plata para comprarme el pasaje. Pucha, la peor despedida de mi vida…

Los tres nos quedamos en silencio. Giro la cabeza y veo el sol ya muy bajo. Veo que se acerca la hora que calculé para estar en la playa. Siento una punzada del hambre que el alcohol ha dejado en mi estómago. El chico de las rastas recupera rápidamente su expresión alegre, adolescente, y continúa hablando.

—Cuando llegó allá, me llamó para decírmelo. Que estaba embarazada. ¡Que yo iba a ser padre! Pucha, ni me lo creía. Claro que no estaba preparado… Pero después pensé que el universo lo había querido así, y ella y yo éramos pura energía. Y que no podía dejarla sola, esta vez no —. El chico sonríe de nuevo —. Estamos pensando un nombre que tenga que ver con el cosmos ¿sabes? —dice orgulloso. Los tres nos quedamos en silencio. Transcurren esos minutos que se guardan después de terminar algo, a modo de despedida antes de continuar con lo siguiente.

—Un día voy a escribir tu historia.

—Ella quiere hablar con unos amigos suyos. Guionistas. Para una película, o algo así.

—La escribiré a mi manera entonces —contesto sonriendo.

Se queda pensativo, con la mirada hacia la salida del recinto de la piscina, en la valla. Los labios apretados. Me pregunto si se arrepiente de habernos contado todo como lo ha hecho. Si realmente cree que su historia acabará siendo una película, y ha traicionado sus propios intereses. Recoge las botellas de cerveza. El vaso del cóctel, teñido de rosa, forma un conjunto incómodo junto al cuchillo en el fregadero.

Tengo la sensación de que va a decir algo más. El rubio sigue sentado en el taburete. El sol ha bajado mucho, y quiero irme de allí cuanto antes.

***

Salgo del hostel, cruzo la carretera, casi corro los doscientos metros por la pequeña calle entre las casas de primera línea, que el viento ha cubierto con arena. Por fin llego a la playa. Siento que respiro, como si hubiese esperado hasta estar ahí para hacerlo. El agua del Pacífico se oscurece a medida que la luz se vuelve más brillante. Al fondo, en torno al muelle que se adentra en el océano, se distinguen los barcos pesqueros atracados. Están lejos de la línea de costa, asumo que a la profundidad suficiente para que no encallen. Primero me parecen vigilantes, pero luego pienso que miran hacia la playa. Podrían, en realidad, ser invasores.

El rubio aparece por mi espalda, a unos metros de distancia. Le miro solícita, para indicarle que estoy allí sentada, pero sigue adelante como si no me hubiera visto. Camina en dirección a la puesta de sol, sorteando a los que están allí: algunos grupos, parejas con cuerpos entrelazados, el chico recogiendo los cocos que vendió durante el día, ya vacíos. Toma fotos con su teléfono móvil, se agacha para buscar ángulos distintos, y continúa luego algunos metros. Se aleja de forma diagonal, en dirección hacia a la orilla. Conforme camina, le veo alinearse entre el sol y la posición que ocupo durante unos segundos. Sigue su trayectoria, hasta llegar a la arena mojada por las olas. Se agacha, se levanta, se para. Después de unos minutos, gira y camina entonces de espaldas al ocaso, sorteando de nuevo los obstáculos —los grupos, las parejas, el vendedor de cocos—, completando la confusa curva que ha trazado a mi alrededor.

—Está orbitando —resuelvo.

La luz horizontal va transformándonos en seres de dos caras, con enveses oscuros y frentes sobreexpuestos. Como planetas en los que es de día y de noche al mismo tiempo.

***

Comenzó a hablarme en un tono confidente cuando se fue el rubio. Pensé que me iba a preguntar sobre él, por camaradería. Pero no fue así. —Es por lo que te he contado. Lo de esos tombos huevones, que abusaron de ella —dijo mirando hacia la salida en la valla. —¿Me entiendes?

Salí de allí. Supe que había tardado demasiado.

***

—¿Tú crees que llegará? —. Se encoge de hombros. Observamos cómo la playa se vacía. Sigo sentada, mientras él se mantiene en cuclillas, sin tocar la arena con el cuerpo y los brazos alrededor de las piernas, manteniendo el equilibrio. Evitando la gravedad.

Ahora el que me pregunta es él. Busco en mi muñeca: es la hora en la que el viento amaina. Desde aquí, el muelle es una línea delgada y oscura, paralela al horizonte del océano, que divide, tajante, los colores vivos que ha dejado el ocaso. Como el trazo recto de un cuchillo afilado al cortar una fruta encarnada.

 

Imagen y texto ©Diana Plaza Ortiz

 

Nota de la autora: El texto actual es la segunda versión del capítulo Universo, publicada en abril de 2019. La fecha indicada en la página para esta entrada corresponde a la publicación del capítulo por primera vez.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s