U N I V E R S O (I)

—Ahora sé que no debí dejarla sola. Pero me soltaron, y tuve que salir de allí cuanto antes. Volví a casa de mi mamá. Me entró miedo. ¿No hubieseis hecho lo mismo?

El joven ha parado un momento de cortar fruta, y nos mira desde detrás de la barra, haciendo un gesto con las palmas de las manos hacia arriba, como si moviéndolas lograra explicarse mejor. Tiene los dedos manchados del jugo de las distintas frutas que ha ido cortando concienzudamente. Rojo, morado, naranja. Gira la cabeza, mirándonos de uno en uno, como implorando la comprensión para el que se arrepiente. Saco del vaso la sombrilla de papel y sorbo con fruición por la pajita en forma de espiral.

—Era la primera vez que nos separábamos desde que nos conocimos. Yo debía de haberme ido mucho antes. Tenía asuntos que resolver en mi ciudad, mi mamá me había pedido que volviese. Pero no conseguíamos separarnos. Durante ese tiempo, perdí mi vuelo hasta dos veces. Ya lo verás cuando vayas, que es un camino larguísimo para hacerlo por tierra; hay que subir la cordillera, es mejor ir volando. Pero la última vez compré un pasaje de bus, para no perder más plata en aviones. El día que me iba de viaje, justo antes de salir de casa, ocurrió todo. ¡Justo! —Palmea fuerte la barra con la mano, como con rabia, lamentándose de la casualidad; lo ha hecho de repente, y me he sobresaltado por un segundo, lo suficiente para que mi reacción le haya causado una sonrisa tan repentina como su golpe. Le hace una mueca en silencio al tipo de al lado, señalándome divertido antes de continuar—. Nos habíamos pasado toda la noche llorando y tirando. Fue la tercera vez que intentábamos despedirnos, pero la más intensa. No podíamos parar. Era físico, era emoción, era… Energía, energía pura —. Ahora me mira con una expresión alegre, con los ojos brillantes, parece que estuviera recreando el recuerdo de esa noche en su mente, mientras habla en un tono casi infantil. Apenas debe tener veinte años. Después de guardar silencio unos segundos, coge de nuevo el cuchillo de cocina, para seguir cortando.

—Ella tiene una energía caótica, ¿sabes? O sea, yo también. Somo los dos, verdaderos caos. Y cuando un caos y otro caos se juntan, es una explosión. ¡Bum! Y parece que todo a tu alrededor desaparece —Habla moviendo el cuchillo al aire, como si fuese una continuación de su mano —¿Te ha pasado alguna vez? —me pregunta señalándome con la punta; parece una amenaza. El tipo rubio que me invitó al cóctel, sentado al lado mío en la barra, gira, la cabeza hacia mí, con interés.

Un rato antes, la camarera me había traído el cóctel a la piscina, informándome de que era una invitación de parte del administrador del hostel. Me había señalado al chico rubio que estaba detrás de la barra del bar, al mismo tiempo que me guiñaba el ojo, cómplice. Por su aspecto me pareció un europeo hippie: pelo largo y rubio, ojos claros, piel bronceada por el sol. Aunque me costó varios minutos, terminé por abandonar la hamaca y acercarme a la barra. El cóctel estaba riquísimo, y no encontraba el sentido a bebérmelo sola.

—Desde que nos conocimos, sentí algo especial. Algo fuerte me sacudió por dentro. Yo le arreglaba los drelos, y ella a mí también; y nos gustábamos, ¿sabes? Aquí se dice drelos —me dice señalando una de sus rastas—. Es lo que me gusta hacer. Además, que soy de los mejores—se señala el pecho con el cuchillo—. Así es como yo quiero ganar mi plata. De hecho, aquí estoy solo de paso. En realidad, voy de camino a Ecuador. Allí se cobra en dólares ¿sabes? Claro que sabes, vienes desde allí. Mira, por una cabeza a un gringo, me puedo sacar hasta doscientos dólares. No hay forma de ganar eso aquí, con lo que hago. Los turistas aquí no pagan tanto. Pero tengo que ganar plata cuanto antes. Para el billete, y al menos para sobrevivir los primeros meses —para de hablar durante unos segundos pensativo, sosteniendo el cuchillo con la mano, sopesándolo —. Me imagino que al principio tendremos muchos gastos, ¿no? —me pregunta confiado, como si yo supiese la respuesta. Asiento con la cabeza, y bebo de nuevo.

Cuando llegué a la barra, el rubio terminaba de dar instrucciones al chico, que tenía el cuchillo ya en la mano. Hablaban delante de un frasco cilíndrico de cristal, grande y alto, con la boca pequeña y estriada, para cerrarlo a rosca. El chico había cogido entonces las piezas de fruta, para cortarlas. Un montón alegre de frutas tropicales de colores distintos, acumulados en una cesta de totora en la parte posterior de la barra. Primero cortaba pedazos grandes, y cuando no cabían por la boca del frasco, los volvía a cortar en trozos un poco más pequeños, haciéndolos prácticamente a la medida.

—Vamos a preparar un macerado —me había dicho, señalando unas botellas de un licor blanco junto a la cesta.

A mi agradecimiento, el rubio había contestado con un mudo y ligero movimiento de cabeza. Calculé veinticinco años. Ese silencio me hizo extrañar el balanceo de mi hamaca en la piscina. Oculta tras mis gafas de sol, bebía arrepentida de haberla abandonado, cuando el chico del cuchillo me preguntó de dónde era.

Pucha, ¿en serio?¡ Yo quiero llegar allá en unos meses! —Así había comenzado a contarme la historia de su chica, que al parecer era de mi ciudad, y eso me había animado a quedarme en la barra.

Sin embargo, parece que su última pregunta de verdad le preocupa. Ante mi silencio, insiste.

—¿Cuánto crees que podría necesitar para vivir allá, por mes?

—No sabría decirte, la verdad. Yo vivo en otro país desde hace años —contesto disculpándome. Durante unos segundos sólo se oye el sonido de los tajos del cuchillo cortando una papaya sobre la tabla.

—Y en ese país, ¿tienes hijos?

Niego con la cabeza, mientras juego a sacar e introducir la pajita en el cóctel, removiendo los pocos restos de hielo que aún quedan dentro. Parece que mi respuesta no le satisface, y esta vez me pregunta el porqué.

—Seguro que ella, viviendo allí, podrá informarte mejor sobre los gastos —le digo condescendiente, como si fuese un niño que ha hecho una pregunta impropia de su edad, y al que una respuesta complicada pudiera confundirle.

—¿Y tú? —El rubio pregunta al de las rastas, casi irónico; imagino que por lo inesperado de la pregunta del chico. Él se toma unos segundos en contestar, guarda un silencio casi solemne. Sin embargo, la expresión grave de su rostro cambia rápidamente, delatándole.

—Por eso debo viajar en unos meses. Me gustaría llegar para el nacimiento —nos dice sonriendo, pillo. Permanece quieto esperando nuestra reacción, como un niño que ha callado un secreto aguardando el momento de contarlo.

Ante la noticia, propongo un brindis por la futura paternidad, y el chico rubio choca su cerveza con mi bebida, buscando mis ojos tras las gafas de sol. Miro la expresión alegre del futuro padre, su mirada brillante, su sonrisa amplia y blanca destacando sobre su tez morena. Por unos segundos, todos sonreímos sin saber qué decir. Me doy cuenta de que ellos dos no son en realidad cercanos, dudo si se conocen apenas. Tras el efusivo momento, nos callamos. Siento ese punto de embriaguez ligero, que relaja el cuerpo y la mente de forma placentera. El chico agarra ahora una mazorca de maíz negro. Cuando hace un poco de fuerza, aprieta sobre el cuchillo con las dos manos, y vuelca el peso de su cuerpo sobre la tabla, también machada de colores vivos. Al hacerlo, las rastas cortas le cubren parte de la cara.

—Yo estaba viajando como tú, pero por aquí; quería conocer primero mi tierra y mis raíces, y luego continuar. Tenía que ganar plata a la vez, y fui para allá, que es la ciudad del país donde más turistas hay. Más que en la capital. Cuando llegues allí, sentirás una energía especial, extraña, ya lo verás. Yo estaba de voluntario en un hostel, como aquí. Quería ganar plata haciendo drelos a los turistas, claro. Ella también vivía allí, de voluntaria. Pero en realidad trabajaba para el dueño, era su mano derecha. Es lista, ¿sabes? Para organizar, llevar las cuentas… Y se hace respetar. Además, que el dueño tenía… Otros negocios, ¿me entiendes? —Me mira con cara pícara, buscando mi reacción, tanteándome—. La verdad es que ella lo hacía muy bien. Ganaba mucha plata, el dueño confiaba plenamente en ella. Pero el pata estaba ya por esa época muy vigilado, todo el mundo conocía lo que se movía allí, cada vez era más obvio. Entraba y salía gente todo el tiempo. Había fiestas que duraban varios días, ¿sabes? Hasta que el pata recibió una información; un tombo le sopló que en la comisaría sabían lo que hacía. Iban a por él, así que decidió marcharse. Le dijo a ella que cerrase el hostel, y a los demás que estábamos allí de voluntarios, que rompiésemos todo lo que nos fuese posible. El pata no quería dejar ni las migajas a la tombería, que nadie pudiese ganar ni un sol a su costa. Pucha, ¡ni vendiendo los muebles! Así que nos prendimos todos por invitación del dueño, y empezamos a romperlo todo como locos: las camas, la cocina, los baños… ¡Lanzábamos las sillas y las mesas por la ventana al patio! ¡Pucha, qué locazo! —el chico rompe a reír, se dobla sobre sí mismo y vuelve a estirar el cuerpo, como en espasmos. Me parece un adolescente, riéndose de un chiste malo que sólo a él le divierte. Gime, saca la lengua por la boca abierta, se limpia los ojos llorosos con la manga corta de la camiseta. El rubio y yo observamos en silencio. Ambos sonreímos, acompañándole en su trance. El rubio se levanta del taburete, y se va detrás de la barra de bar. Miro a la piscina vacía de huéspedes, no ha llegado nadie en ese rato. Están aún en temporada baja. En un pueblo en el desierto y junto a la costa del océano, eso significa varios grados menos de temperatura respecto a la temporada alta, donde el calor debe ser infernal. Me parece una bendición haber llegado allí en esa época: miro a la hamaca libre, aguardándome. Ha bajado un poco el sol, y se oye el rugir del viento azotando las olas del océano apenas a unos doscientos metros de donde estamos, detrás del muro, cruzando la carretera principal del pueblo, a la puerta del hostel. El viento se calmará cuando termine el día, y los turistas estén es sus habitaciones de hotel después de maldecir cada golpe de la arena en su piel semidesnuda tendida sobre las toallas. Miro el reloj de mi muñeca y giro el taburete hacia mi espalda, en dirección a la playa. Quiero ver mi último atardecer en ese lugar, antes de irme esa noche y continuar hacia el sur. Oigo que la risa del chico de rastas disminuye, me doy la vuelta para comprobarlo. El rubio vuelve a su asiento delante de la barra con otro cóctel igual al que me invitó antes, y me lo ofrece mudo. Abre dos cervezas que traía en la otra mano para ellos dos. Después de que bebamos, el chico de rastas continúa.

—Tuvimos que buscar algo, ya no podíamos vivir en el hostel. Los tombos llegaron el día de nochebuena, y nos echaron a todos. ¿Lo puedes creer? Veinticuatro de diciembre y todos en la calle. Nos quedamos cuatro: nosotros y otros dos patas, un colombiano y un venezolano que también habían llegado allí de voluntarios. Claro, tuve que ponerme pilas para encontrar algo: todos eran de fuera menos yo. Lo bueno es que yo tengo labia ¿sabes?; y me gané a una mujer solamente hablando por teléfono con ella —nos mira con expresión de triunfo—. Nos alquiló un departamento para los dos ese mismo día. Ayudó que le pagamos tres meses por adelantado, mi chica tenía plata de los negocios que le hacía a su jefe. La cosa es que nos metimos los cuatro en la casa, no íbamos a dejar a los otros dos patas en la calle. Ella no quiso, es lista, sabía que de algo iba a servir. No le dijimos nada a la dueña, claro

» Allí vivíamos bien. Mi chica tenía los contactos, conocía a los dealers, y los que se metían en la ciudad la conocían a ella. Su jefe se había ido. Los demás del negocio la respetaban, y lo nuestro se movía a pequeña escala, nada grande para los peces gordos. Así que ella continuó con lo que estaba haciendo en el hostel. Nosotros trabajábamos para ella, sobre todo el colombiano y el venezolano, porque entre ellos se conocían de más tiempo y sabían lo que hacer. Pucha, vivíamos jodidamente bien, éramos felices. La señora del alquiler nos llamó un par de veces, porque le habían llegado rumores de lo que hacíamos. Pero yo la tranquilizaba. Era mi función. Le parecía un buen chico, y como soy de aquí, confiaba»

Siento que en ocasiones el rubio gira la cabeza hacia mí para observarme, aunque no me dice una palabra. Diría que frunce los labios, como si estuviesen preparados para pronunciar una palabra, o una pregunta, quién sabe. El chico de las rastas interrumpe la historia, para comprobar el nivel que alcanza la fruta ya cortada en el interior del tarro de cristal. Lo compara con la capacidad de una de las botellas de licor transparente. Le hace una seña al rubio, que le indica con el dedo sobre la superficie de cristal el nivel que debe rellenar. Miro de nuevo el reloj. No quiero llegar tarde.

Continuará

Imagen y texto ©Diana Plaza Ortiz

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