I G U A Z Ú

Coatí

El calor es intenso, la humedad alta, y la chica de información dice que sólo debo esperar cuarenta minutos. El ambiente es de una excitación pegajosa, de la que es imposible esconderse si es que no se quiere perder el turno. La gente hace lo que se hace cuando no se sabe qué hacer: compra compulsiva en el área de fast food; ingesta ansiosa de la comida que compraron; filas interminables frente a los servicios higiénicos; disputas en el límite de la violencia por sentarse en un lugar a la sombra. Se ven fundas, bolsas, vasos y cubiertos de plástico manchados saliendo de las papeleras A la jungla se sobrevive en el área de espera de la estación de tren.

Curupáy

Una mujer joven toca con dedicación las pantorrillas de un hombre mayor, extendiendo algo que huele a repelente de insectos. Un hombre rubio unta con protector solar los hombros y la nuca de otra mujer, también rubia. Una pareja de unos cincuenta años delante de mí en la fila, no para de abrazarse. Se dicen frases que sólo a ellos les divierten, se besan fuerte, apretando con fruición los labios. A un par de metros, en otra de las filas amorfas, junto a una de las entradas al andén, encuentro a otra pareja, más joven, haciendo lo mismo.

Todos se preparan. La salvación a lo sórdido del área de acceso se encuentra en la expectativa de lo que nos está por suceder.

Yacaré

Sudor. Pieles quemándose a rodales. Carne flácida, cuerpos al descubierto, mórbidos; piernas con celulitis y varices; vientres abultados, rebosando gravitatorios por la cintura de los pantalones; michelines que pliegan el tejido de camisetas de licra ajustadas. Bañador de leopardo, malla de cebra, gorra de camuflaje con vestido de mariposas y sandalias con estampados de flores. Sombreros de paja adornados con lazos decorados con perlas. Ropa deportiva de colores chillones; la goma del calzoncillo asomando por el ajuste del bañador. Tacones versus zapatillas de trekking. Pelo, mucho pelo en espaldas y pechos descubiertos. Maquillaje corrido por el calor y el agua. Tupé deshecho, antes fijado con laca. Senos ondulantes en bikinis bicolor. Muchas bolsas de plástico en las manos. Pieles inflamadas por ronchas rojas debidas a picaduras de mosquito. Tobillos hinchados por el calor. La lucha en la pasarela junto a la catarata es por la foto para Instagram.

Un lagarto de escamas negras y blancas sale de entre los árboles a la vereda. Enseña una lengua bífida, de un rosa claro, impoluta. La lanza con fuerza y la recoge, probando el sabor del aire que le rodea. Los turistas cogen en brazos a sus hijos y se alejan asustados.

Yaguareté

El agua grita fuerte. Cae potente, tan escandalosa que parece que casi lo celebre. Yo quiero gritar con el agua. Que tape mi voz, mientras me desgañito, aunque no lo parezca. La catarata ruge en libertad, sin que nada importe o se interponga. Porque así es la corriente, todo se lo lleva a su paso.

Ingá

Una de las plantas en el camino es como la de las jardineras de mi casa. Crece en mi cocina caldeada, en el invierno frío del norte de Europa. Al parecer, llegó junto con un español que quiso instalarse allí, y reproducir junto a su casa el jardín de su lugar de origen. Acaso la selva no fuese suficiente.

Las urracas con cresta demandan agresivas con sus graznidos pedazos de sándwiches a la gente que se sienta bajo las sombras de las pasarelas. Una hembra de coatí y sus crías buscan con sus hocicos alargados en las ranuras de las mesas de los comedores, hechas de PVC reciclado.

Somos el estandarte de lo corrupto en un paisaje demasiado hermoso para tolerarnos.

Mbói

Según la leyenda guaraní, las cataratas son fruto del enfado de una serpiente divina, con una pareja de jóvenes que no respetaron su culto. La mujer terminó convertida en roca, y él en árbol, destinados a contemplar la caída del agua por la eternidad.

Imagino que de repente el nivel del agua sube, se dobla, se triplica, se desborda generosa y nos arrastra a todos los que estamos allí corriente abajo. Con suerte, durante la caída, podremos transformarnos en algo bello, como las rocas y los árboles que rodean los saltos. Podremos contemplar la belleza de la fuerza del agua, cayendo rotunda, ruidosa, presentes en la primera fila de este espectáculo. Palpitaremos a cada golpe de savia por nuestras ramas verdes, regadas por las gotas de agua difuminadas al impacto, aspirando a la altura. O seremos el cobijo de los vencejos, que anidarán las grietas de nuestra superficie basáltica, fracturada, a prueba de metros y metros cúbicos de vida. Es una fantasía. Quién sabe si acaso lo mejor que nos podría ocurrir.

Imagen y texto ©Diana Plaza Ortiz

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