F L O R E S

Una señora duerme en el pasillo de los puestos de flores del mercado central. Cómo envidio a la señora de las flores.

Es la hora justo después del almuerzo, y varias tenderas del mercado dormitan sentadas junto a la mercancía que ofrecen; custodiándola a pesar del trance en que se han sumergido, vencidas por el cansancio de la primera mitad del día. Algunas se refugian bajo una tela colgada a media altura, dispuesta provisionalmente para ese momento. Tan íntimo, tan privado, tan igualitario —¿qué podemos ocultar mientras dormimos? Sin embargo, la mayoría se mantienen sentadas, con la cabeza recostada sobre un brazo, o sobre el pecho, como guardianas vencidas por el sueño mostrando, sin pudor, su gesto somnoliento. Son las de los pasillos menos transitados a esa hora, asignados a productos manufacturados —jabón, sodas, papel higiénico, champú. Las que venden alimentos en los pasillos contiguos —verduras, frutas, carnes, dulces— se mantienen despiertas. Atentas a los clientes rezagados que aún buscan qué llevarse a la boca a esa hora, o cocinar en casa; o tienen poco tiempo para almorzar en las mesas de la planta de arriba —sopa de primero y segundo. En un pasillo amplio de esa planta, se oye a las cocineras compitiendo a voces por los últimos clientes. Me parecen pájaros piando, midiendo sus cantos, a cada cual más fuerte. Se alborotan cada vez que aparece alguien en el pasillo, a cuentagotas, hasta que alguna de ellas logra seducirle con su oferta. O su mirada, o el color de su lápiz de labios, o su forma de hablar: todas ofrecen lo mismo al mismo precio, pero termino almorzando en una de las mesas idéntica a las otras mesas de la fila sin realmente saber por qué allí y no tres posiciones más allá.

—Mami, mamasita, a diez, a diez, almuerzo completo a diez.

—¿Qué tienes hoy?

—Sopa de maní mamasita, siéntese. De segundo mondongo, milanesa de pollo… A diez bolivianitos, nomás.

Desde allí he llegado al pasillo de las flores. El aroma me golpeó suave desde las escaleras; un olor que es la suma de muchos otros juntos. Me recuerda al sabor del jugo multivitamínico que venden en la planta baja, a la sombra de los soportales del patio, rodeado de arquerías. Mujeres con delantal celeste asoman sobre plataformas altas de madera, verdes, coronadas por niveles compuestos de frutas apiladas, unos sobre otros —manzanas, naranjas, mangos, papayas, fresas—, bajo las que disponen taburetes del mismo color, para acomodar a sus clientes, a los que sirven desde arriba. Se me antojan vírgenes sobre altares comestibles, que bendicen a los devotos bajo sus andas con deliciosos jugos, elixires milagrosos, pócimas coloridas. Curativas. Las vírgenes se afanan en trocear frutas de colores, al compás del sonido de licuadoras eficientes. Se inclinan hacia delante, por encima de sus altares, para obsequiar al cliente que levanta los brazos —suplicante— a recoger su pedido. Ocurre un milagro tras otro a la sombra de la galería exterior del mercado, que dibuja arcos oscuros sobre el suelo de piedra.

Pero eso fue antes de llegar al pasillo de las flores: un corredor angosto en la entreplanta del mercado, iluminado por algunos halógenos que cuelgan de las vigas de hormigón pintadas de blanco. Avanzo muy despacio sobre el suelo de cemento oscurecido por el uso, embriagada por el olor penetrante que consiguen muchas especies de flores frescas a la vez, como si las hubiesen cortado esa misma mañana para tapizar de arriba abajo las paredes de los puestos que rodean el pasillo. Tan juntas, tan apretado el entramado de flores, unas con otras y entre ellas, para aumentar la oferta visible de mercancía disponible, que pareciera que no existen paredes bajo ellas. Solo flores flotando en vertical; centros, ramos, cubos sobre el piso —que las mantienen húmedas—, ramilletes, macetas; lazos, cintas, cajas de colores, algunos globos. No hay apenas clientes a esa hora, y las floristas, tranquilas, acondicionan sus puestos, trabajan en los encargos que vendrán a recoger luego; algunas conversan con la del puesto vecino, en voz baja. Me pregunto cómo será ese pasillo mañana, o al día siguiente, cuando los ramos hayan cumplido un día y otro más expuestos; cuando los días pasen y las flores pierdan gradualmente su frescura. No parece que pueda haber clientes en esa ciudad para tantas flores. Y, sin embargo, ¿cómo si no sobrevivirían las floristas?

He recorrido la mitad del pasillo, cuando veo a la señora durmiendo. Sentada a la entrada de su pequeño puesto, con paredes y mostrador alfombrado de rosas, claveles, lirios… Todos de diversos colores. Con los brazos desnudos, cruzados sobre el pecho, apoya la cabeza sobre el mismo con el cuello doblado hacia adelante, la barbilla hacia dentro, ocultando su cara en la postura. Acomodándose en sí misma en ese momento de reposo, como lo hacen las señoras que duermen detrás de la tela colgada, en los pasillos de una planta más abajo. Descansa inmóvil, como si fuera una aparición en mitad del corredor.

Me acerco lentamente. Envidio la quietud de esa mujer junto a sus flores. Parece que nada pudiera perturbarla. A cada paso, el deseo de ser ella va creciendo. Quiero transformarme, acomodarme en su lugar, y dormir rodeada de pétalos, pistilos, estambres, hojas, tallos; arrullada por el olor fresco y vivo que invade ese pasillo, descansando plácida, abrazada por el silencio de esa hora, que pareciera eterna, y tan callada como las flores que lo envuelven. Quiero abrir los ojos, y despertar rodeada de algo bello y hermoso, entre tonos alegres de corolas y cálices, un paisaje perenne de flores inmortales, que parecieran no poder marchitarse a la sombra de un oscuro pasillo de mercado. Le robo, celosa, una fotografía, pero ella no se inmuta. Ni siquiera ha sentido que me acerco. Duerme serena, sin sobresalto, sin ansia, sin angustia, sin miedo.

—Disculpe señora, ¿a cuánto están las rosas?

Ella despierta al oír la cercanía de mi voz. Se pasa la mano por la cara para desperezarse y se levanta.

—¿Qué rosas quiere mami?

Imagen y texto © Diana Plaza Ortiz

5 comentarios en “F L O R E S

  1. La voz de ese gran prócer venezolano se escucha de fondo en todo tu viaje: “La unidad de nuestros pueblos no es simple quimera de los hombres, sino inexorable decreto del destino.”. Y sin saberlo, me llevas a un lugar en el que sé que no he estado y que al mismo tiempo es tan familiar como mi casa en Maracaibo, Venezuela.

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