S E D

Ella sale con cinco latas de cerveza en la mano, y las deja en la mesa. Se oye salir de la caseta la voz de un locutor anunciando un nuevo éxito de reggaetón, que ha entrado fuerte en las listas del género.

—Yo no quiero nada, gracias —digo al devolvérsela.

—Déjala ahí —dice el tipo sentado frente a mí. Es corpulento, tiene labios gruesos y ojos saltones de mirada desvaída. Por el alcohol, asumo. La señora vuelve a colocar la cerveza en la mesa, y se va—. ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo?

—No quiero tomar nada, gracias.

—Gracccias —dice esforzándose por pronunciar la c como yo—. Sois tan graccciosos hablando así. A ver, di algo más, que oigamos esa forma de hablar tuya.

Siento bajar el sudor por mi espalda, por las corvas de mis piernas, y el canalillo. Los shorts que me puse para la caminata me parecen ahora increíblemente cortos. La cara interior de mis muslos está totalmente mojada, pero mantengo las rodillas juntas, no me atrevo a separar las piernas. Siento resbalar mi piel al contacto con el plástico de la silla.

—¿A qué hora dicen que pasa el autobús? —intento desviar la conversación.

—No se sabe chica, a veces puede demorarse hasta unas horas. —Consulto el reloj, en el pueblo me dijeron que pasaba cada veinte o treinta minutos—. Pero estás aquí con nosotros, no hay afán.

Miro a la carretera, pensando qué hacer para salir de allí cuanto antes.

—Señoa’ Claraaaaa —grita de nuevo el hombre corpulento—. Tráigale algo de beber a la chica, no se nos vaya a morir de sed aquí, y luego vengan a buscarnos. —Rompe a reír con la boca totalmente abierta, y los otros tres le siguen, como si fuese el chiste más gracioso del mundo. Cruzo las piernas, y pongo la mochila encima de mis rodillas.

***

Lo más sencillo hubiese sido quedarse al borde de la carretera, y esperar el siguiente. Pero estaba cansada después de seis horas de caminata, y tenía sed. Cuando ya me acercaba a la salida a la carretera, vi pasar el bus. No paró, no había nadie esperando. Es una carretera estrecha, que discurre entre los cerros de un parque nacional. Se debe esperar a un lado del carril, en el espacio mínimo que ocupa la canaleta de desagüe junto al asfalto, casi apoyando la espalda en la roca cortada para construir la vía. No me pareció el mejor lugar del mundo para esperar parada, durante media hora. Y tenía sed. La única razón es que tenía mucha sed, el autobús tardaría en llegar media hora, y aún me quedaba una hora más de trayecto hasta llegar al pueblo. ¿Qué hubieras hecho tú?

***

Uno de los hombres, a mi izquierda en la mesa, pequeño y con una gorra roja, recoge las latas de cerveza apuradas, y las deja en una caja de fruta vacía junto a la puerta de la caseta. Vuelve a llamar a la señora desde el quicio, pero apenas unos segundos después desaparece dentro.

—¿Y qué hace una mujer linda como tú tan solita? —me pregunta divertido el hombre de los ojos saltones.

—Mi amiga se sentía mal, y tuvo que quedarse en el pueblo —respondo. Sigo mirando a la carretera pendiente de cualquier bus que pueda pasar, en ambas direcciones.

—Eres hermosa, ¿sabes?

No le miro, y sigo pendiente de la carretera.

—Mírame.

No lo hago.

—Te he dicho que me mires a los ojos.

Sigo con la vista hacia la carretera, los ojos entornados, mirando lo más lejos posible. Siento la tensión de mis músculos, el ceño fruncido, el sudor resbalar por la roca en que se ha convertido mi cuerpo. Respiro en silencio, para volverme invisible. No quiero moverme. No quiero hacer lo que me ordena el tipo. No quiero que crea que puede darme órdenes.

—¡Que me mires he dicho! —levanta la voz, y da un golpe en la mesa con la palma de la mano libre, la que no sujeta la cerveza.

Entonces giro la cabeza y le miro. Intento mantener una expresión impávida, aunque siento arder cada uno de mis órganos. Oigo la risa entre dientes de uno de los hombres, el más joven, sentado a mi espalda.

—Cuando te pregunte, quiero que me mires a los ojos —dice bajando el tono—. Es de buena educación hacerlo, ¿lo sabías señorita? —me dice paternalista. Se calla y vuelve a soltar una carcajada, que el de atrás y el de mi derecha acompañan ruidosos, como si alguien a la espalda del hombre de los ojos saltones, les indicase cuándo deben hacerlo.

Aparecen por la puerta la señora y el hombre de la gorra, con una caja de cervezas. Me imagino que son esposos. La ponen sobre la mesa, y el hombre de los ojos saltones les da el dinero. Él lo cuenta y se lo da a la señora, que vuelve a desaparecer por la puerta de la caseta.

—Chica, yo trabajo en una finca aquí en frente. Te la enseño con gusto —me dice, abrazando la caja azul de plástico, con las botellas, sonriendo provocador.

Vuelvo a mirar hacia la carretera, hago que no he oído lo que acaba de decir. Los ojos entornados, el ceño fruncido, las piernas cruzadas, el cuerpo agarrotado. El locutor anuncia que durante la siguiente hora sonará la lista de las diez canciones de reggaetón más exitosas del verano. Antes de que pueda levantarme, aparece por detrás de la roca cortada al filo del asfalto, sin detenerse, el siguiente autobús.

***

No soy imbécil. Ni una ingenua. Pero tampoco se puede vivir con miedo. Antes de acercarme, vi a la señora salir de la caseta. Una señora que podría parecer mi madre, o la tuya. Verla allí me hizo confiar. ¿Acaso a ti no?

***

El tipo de los ojos saltones rompe a reír al ver el autobús pasar. Veo en su boca abierta, sus dientes y su lengua destacar en el contraste de su piel. Se abre rosada, histriónica, al compás de los espasmos de su cuerpo. Pienso que la borrachera le hace moverse de forma exagerada. Se palmea las piernas con las manos, mientras mueve su cuerpo adelante y atrás, encogiéndose para coger aire y estirándose para romperlo a cada carcajada. Los otros hombres le imitan. Creo que les divierte el movimiento espasmódico del tipo. Asumo que el alcohol les ayuda.

Me levanto torpe, creo que por la tensión de mis músculos. La silla de plástico se me quedó pegada a la piel por el sudor, y se inclina levemente hacia mí al levantarme. Intento sujetarla, pero se termina cayendo. Tengo que dar la espalda al de los ojos saltones, para agacharme a levantarla, pero intento hacerlo sin inclinarme demasiado, para que mis shorts no enseñan nada que pueda parecerle una provocación. De repente siento el golpe. Una mano grande me da una palmada en el culo. Siento toda la sangre del cuerpo subirme hasta la cara, y me doy la vuelta para gritarle:

—¿Qué coño haces?

Levanto la mano derecha hasta la cara del hombre, inclinado sobre la mesa para alcanzar a darme el azote. Pero no soy capaz de golpearle. Ambos aguantamos la posición durante unos segundos, y entonces el tipo me agarra el brazo y me arrastra fuera del círculo que forman los demás sentados alrededor de la mesa.

—Señoa’ Claraaaaa —grita en dirección la caseta—. Suba el volumen de la músicaaaa.

Él me agarra tan fuerte del brazo, que me hace daño. Mueve su cuerpo grande al ritmo del reggaetón, que se oye más alto; cerca, cada vez más cerca de mi cuerpo. Yo intento apartarme, quieta, pongo la mochila que cargo en la otra mano, entre su cuerpo y el mío. Él me agarra entonces de la pierna, me clava las puntas de sus dedos en el muslo sudoroso, me empuja hacia sí. Miro desesperada, en dirección a la caseta, por si apareciese la mujer. Sólo veo a los tres tipos sentados, mirándonos, sonriendo; parece que les gustase lo que ven. Pienso que el autobús va a pasar, que debo estar cerca de la vía cuando pase, que no puedo perderlo otra vez. Ese autobús es la única salida que contemplo.

***

¿Crees que tú, en mi lugar, le hubieses golpeado? Un tipo más grande que tú agarrándote, y otros tres observándole. ¿De verdad piensas que darle una patada en la entrepierna y salir corriendo hubiese servido? ¿Corriendo hacia dónde? Hasta otra caseta, en otro lugar de la carretera, donde haya otro grupo dispuesto a divertirse de la misma manera. ¿Eso crees?

***

Decido rogarle. Oculto mi rabia y mi dignidad, y le ruego. Le pido por favor que pare. Le imploro que me deje en paz. Le digo amablemente que no quiero bailar. Que quiero tomar mi autobús y volver al pueblo con mi amiga.

—Deja que me vaya, por favor —le repito sumisa.

Siento la boca del hombre cerca de mi cuello, y al sentir su olor, apestando al alcohol, tengo que tragarme la arcada que recorre mi esófago.

—Por favor, suéltame. Perderé el siguiente bus si no lo espero en la carretera —. El tipo se acerca hasta mi boca, pero me tiro al suelo. Doblo mis rodillas, y termino sentada, con el brazo derecho levantado, aún sujeto por el hombre. Me hago una bola sobre mi cuerpo, recojo mi mochila entre mis piernas, e inclino la cabeza sobre ella. Me duele mucho el brazo, en una postura deformada. Siento que el hombre comienza a arrastrarme por el suelo, cuando oigo la voz de la mujer:

—Basta ya. Deja a la chica que se vaya.

Apenas siento que el hombre me suelta el brazo, salgo corriendo hacia la carretera.

—Sírveles a todos unas cervezas —grita de nuevo la señora, imagino a su marido. Mientras me alejo, me parece escuchar a los hombres celebrarlo.

Me doy cuenta de que no sé exactamente dónde para el autobús, porque los dos anteriores pasaron sin hacerlo. Me tiemblan las piernas, y camino torpemente. Giro por la pared de roca cortada, avanzo unos metros por la canaleta de desagüe, me apoyo con las manos sobre la superficie dura cubierta de una pátina de musgo. Vomito, inclinada hacia delante, mientras oigo los pitidos de los coches a mi espalda. Pienso de nuevo en mis shorts, demasiado cortos. Al girar la cabeza hacia la carretera, veo el autobús aproximarse. Levanto los brazos, y salto al asfalto, hasta que veo al hombre que vende los pasajes asomarse por la puerta.

El autobús va lleno de gente, el hombre de los pasajes me sienta en su lugar, junto al chófer. En la boca tengo el sabor agrio del vómito, y me muero de la sed. Agarro mi mochila sobre las rodillas sucias. Descubro a una mujer mirándome las piernas, mientras rodea con los brazos a la niña que le acompaña.

Siento el ritmo de mi pulso golpearme fuertemente las sienes. El locutor de radio anima a los oyentes a buscar una pareja que les guste, para bailar el reggaetón número siete de la lista de éxitos.

Imagen y texto @Diana Plaza Ortiz

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