S E L V A (I y II)

I

Llevo un rato viéndolas. Dos tuberías iguales, del diámetro de una cabeza y colores diferentes, una junto a la otra, extendiéndose paralelas a lo largo de la vía. Desaparecen al cruzar las aldeas, y vuelven a aparecer a la salida. Giran con el camino, suben y bajan el mismo perfil que recorremos, y atraviesan montículos de tierra bajo los accesos pavimentados a la carretera.

Lo sé. Pero quiero preguntárselo igualmente:

—¿Y esas tuberías?

El chófer tarda en responder. Mira por el retrovisor al grupo de turistas rubios, blancos, sentados en los asientos de atrás de la furgoneta. Todos duermen después de viajar durante la noche en varios autobuses para llegar hasta allí. Me han dejado el asiento del copiloto, porque soy la única del grupo que habla español. Responde atento a la carretera, pronuncia rápido, como si contase un secreto:

—Es crudo.

Me parecen venas por las que corre la sangre negra del subsuelo. A la selva se llega siguiendo el camino del petróleo, como las migas de pan que uno deja al paso, para encontrar el camino de vuelta.

II

And you? Have you ever been in the jungle before?

No sé qué responder. Reviso mentalmente cada uno mis viajes hasta el momento, y me doy cuenta de que no estoy segura de qué es realmente la selva.

Actually, I don’t know —contesto.

El conductor de la lancha que nos llevará hasta el refugio deja caer sobre la mesa, de un golpe, una caja azul de plástico, grande, como las de almacenaje. Levanta los ajustes de la tapa, que la vuelve hermética, y saca uno a uno los almuerzos, en cajas pequeñas —también de plástico y azules, como si fueran hijas de la grande. Nos las repartimos entre el grupo, y comemos en silencio. Creo que todos masticamos, pensando en las selvas que no conocemos.

III

Enfundados en botas de caucho, caminamos asustados. Nos da miedo tocar, nos da miedo caminar separados, nos da miedo dar un paso y pisar por nuestra cuenta, a riesgo de acabar de fango hasta la cintura; nos da miedo ir en el último lugar de la fila, por si aparece un animal al que no sepamos enfrentarnos. Nos asusta todo lo que no está domesticado.

Somos cazadores armados de cámaras fotográficas y objetivos de largo alcance. Ver lo nunca visto, y llevárnoslo a casa. Sin embargo, deseamos ser observadores asépticos, caminar impolutos en un lugar donde toda la vida del mundo se concentra en una gota de agua.

Caminamos lentos, nos agobia el calor, sudamos repelente de insectos; nos cuesta distinguir el plumaje de un pájaro entre las copas de los árboles; el salto de una familia de monos ocurre cuando nos despistamos. Nos hemos vuelto ciegos. Somos los depredadores más torpes que jamás hayan pasado por allí.

IV

El límite de la tierra firme en torno al agua es difuso. Las zonas inundadas están pobladas de macrolobios, que forman islas. El agua de la laguna es increíblemente limpia. Sin embargo, el fondo —oscuro, impenetrable—, ni se intuye. Parece estática, pero al sumergirse, se sienten entre las piernas las corrientes de agua fría y caliente que la recorren.

Varios turistas se quedan en la lancha, mientras otros nadamos nerviosos. Una de ellos le comenta al guía local que le asustan las pirañas. Él le responde que tienen muy mala fama, pero que no hay que tener miedo. Él ha crecido en la selva, y navega hasta la laguna todos los días, durante la época en la que está inundada, acompañando a los turistas. Asegura que nunca hubo un incidente con pirañas.

—¿Y entonces, por qué tú no te bañas? —le pregunta ella, maliciosa.

Él responde que nunca aprendió a nadar.

V

Hay en la época seca una desnudez inherente. El agua migra, desaparece silenciosa, sin sentirse. Su ausencia es visible en los lugares que antes ocupaba. Nos percatamos en las franjas que deja marcadas en la tierra, como estratos de épocas pasadas. Sedimentadas.

Así descubrimos el fondo del cauce por el que navegábamos. Antes, con la punta de un dedo podíamos romper en ondas nuestro reflejo sobre la superficie. Borrón y cuenta nueva. Nos deslizábamos por el cauce, mansos, tranquilos, sorteando los salientes leñosos y las ramas dispersas asomando fuera del agua, como en una gymkhana sobre el río para evitar que nuestra canoa encalle.

Pero el agua se va, no hay forma de pararla.

Descubrimos que el pedazo de madera que asomaba es la parte diminuta de un tronco poderoso derribado; las ramas que arañaban el casco de nuestra embarcación son sus raíces expuestas levantadas sobre la tierra, apuntando hacia arriba tortuosas, también muertas. En el lecho del río yacen cadáveres de árboles, entrecruzados, acumulados unos sobre los otros, como cuerpos caídos en un campo de batalla; algunos muestran muñones romos en dirección al centro del cauce, las partes amputadas que los locales tuvieron que cortar para permitir la circulación por el río. Todo lo roto, lo caído, lo muerto, lo podrido es también la verdad del paisaje por el que navegamos.

El fondo que no nos atrevíamos a tocar, al sumergirnos, es de fango. No es tan profundo. Los márgenes de río ampliados se convierten en franjas desnudas, retiradas de la frondosidad al límite del máximo nivel que alcanzaba el agua. Ahora todo es visible. Los animales deben salir de la tierra firme para beber, exponiéndose a sus depredadores en el trayecto. Pero la amalgama de cuerpos derribados son ahora un refugio, en el camino al nivel reducido del agua. Entre los intersticios de partes fracturadas, entrecruzadas, abatidas unas sobre otras, se acumulan mariposas con alas blancas de enveses amarillos. Desde la embarcación —aún queda agua para navegar en el cauce mermado— vemos que salen todas volando en remolino. Algo ha debido ocurrir entre los huecos. Siempre ocurre.

VI

En el desayuno, los turistas animados, comentan cómo han dormido. Uno de ellos verifica que el sonido durante la noche es exactamente igual al de una aplicación de su teléfono móvil, que se llama “sonidos de la jungla”. Todos ríen divertidos.

La vida suena. Resonante, vibrante, clamorosa. La selva es su auditorio.

VII

Me pregunto por qué las dos tuberías tienen un color diferente. Si acaso hay una ida y un retorno, como en las instalaciones de los edificios. Es una idea absurda, ningún ladrón devuelve algo robado a conciencia.

Ha venido a buscarnos el mismo chófer, y el grupo se acomoda en los lugares que ocupamos en el viaje de ida. Volvemos a ser animales sin miedo, que conocen su lugar.

Dudo si preguntarle al conductor por los colores. Dudo que lo sepa. Probablemente me acabará contestando algo difuso, obligado a hacerlo para no parecer poco profesional ante un cliente. Será que acaso una es más reciente que la otra, y con el tiempo acabarán tornándose en la misma sombra monocroma a lo largo del camino.

Miro hacia atrás, y veo que mis compañeros se han quedado dormidos a los pocos minutos de arrancar. Sólo se oye la música de la radio, y el crujir del vehículo en los baches.

Me recuesto en el asiento del copiloto, siguiendo con la mirada la línea continua y bicolor que dibujan las tuberías con la velocidad. Como si fijándome muy bien, pudiera recordar el camino de regreso.

Imagen y texto ©Diana Plaza Ortiz

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