L A O F E L I A

—Pero ¡¿qué llevas ahí?!

Oigo la pregunta a mi espalda, mientras busco una posición estable para la mochila, que las chicas de la compañía de autobús me han permitido dejar dentro de la taquilla. Me doy la vuelta, y encuentro al señor que me ha hablado —el único allí en ese momento—. Es un  señor enano, vestido de colores oscuros indistinguibles, con una cara casi roedora, bajo una visera marrón oscura, que deja ver un sarro gris en franjas sobre ella. Está sentado en una silla de plástico blanca, como las de jardín.

Siento su voz resonar en mi cabeza. Me dan ganas de contestarle que llevo en mi mochila una deuda propia, contraída hace unos años; el peso invisible de un callo de fractura; las huellas de unos tornillos, que pesaban como el plomo; el eco de un tendón asfixiado chirriando a cada uno de mis pasos; algunas lecturas; un pleito familiar de final incierto; algunas historias de amor inacabadas; algunos libros. Querría decirle que la mitad del espacio de la mochila lo ocupan varias preguntas. Y varias respuestas erróneas. También llevo una libreta, por si de repente me ilumino; y una guía de viaje del tamaño de un ladrillo macizo, que apenas miro, pero de la que no puedo deshacerme porque su peso me hace pensar que tengo dónde acudir en caso de desorientación. Cómo pesa la guía.

—Pues qué voy a llevar. Ropa y objetos personales —contesto.

—¿Ropa? ¡Será ropa para un año!

He conseguido que la mochila quede derecha sobre sí misma, en el rincón que las chicas me indicaron. El hombre sigue hablando. Es muy temprano, he llegado a la estación después de bregar durante una hora con el transporte público de esta ciudad capitalina, y desayunar es una urgencia.

—¿Sabe dónde puedo encontrar un café? —le interrumpo. No hay apenas clientes, y las de la taquilla deslizan distraídas sus pulgares sobre las pantallas de sus móviles. Ni me miran.

—Uf, café aquí —se toca la cara mientras niega con la cabeza, como si fuera una petición descabellada, tanto como le pareció el tamaño de mi mochila—. ¿Ves por donde entraste a la terminal? —dice señalando con el dedo—. Sal y pregunta en los puestos que hay a la izquierda. Quizás tengan allí algo, no sé.

No hay café alrededor de la terminal interregional. Desde mi posición elevada, veo una caseta dentro del área de la terminal de transporte urbano por la que llegué, de donde la gente sale con vasos de plástico en las manos. Apuesto a que llevan bebidas calientes. Pero una vez fuera, pasar a la terminal urbana tiene un coste. Me quedo allí parada. Quisiera decidir algo, pero sólo observo. Veo ríos de gente, ocupada, con prisa por llegar a donde se dirigen, que se amontonan en múltiples colas desordenadas a las entradas de los andenes donde abrirán las puertas los autobuses que esperan, cuando lleguen. Algunos llevan mochilas sobre los hombros —de distintos tamaños—, bandoleras cruzadas sobre el cuerpo, bolsas de plástico abultadas en las manos, maletas con ruedas de los que tiran decididos, morrales anudados sobre el pecho. Todos cargan con algo, de un lado a otro, cada uno según la dirección en la que camina.

Vuelvo a la terminal con un pan de chocolate y una botella de agua que conseguí en los puestos que me indicó el hombre. Camino pensando en el nombre de la terminal, tan literario. Cuando llego a la taquilla, la silla blanca está vacía. Miro al interior, y encuentro mi mochila donde la dejé, caída sobre el suelo. Las chicas siguen absortas en las pantallas de sus teléfonos.

—¿Se ha ido el señor que estaba aquí? —pregunto a las de la taquilla casi gritando, y señalando la silla, pero no me miran—. ¿Perdona? —insisto.

—¿Qué hombre? —responde la que parece más mayor, mirándome molesta.

—El que estaba aquí antes sentado —. Pienso en cómo describirle, pero me cuesta de tan neutro que iba vestido —. Con una visera marrón muy sucia.

La chica me dice que ahí no había ningún hombre, y vuelve a la pantalla de su teléfono, como si yo tampoco estuviese allí.

—Pero si estuve hablando con él hace quince minutos—. Las chicas ni se inmutan.

Me siento en la silla a esperar el autobús. Desde mi posición, miro incrédula hacia todos los lados con la esperanza de que el hombre aparezca. O su fantasma. Casi ruego.

 

Imagen y texto ©Diana Plaza Ortiz

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