C O L I B R Í S

Tres colibrís se pelean, violentos, en torno al cacillo donde un gotero de plástico deja, a cada instante, una gota dulce, preparada para atraer sus atenciones.

El lugar se llama la casa de los colibrís. Los turistas, complacidos, sonríen. Pueden hacerse fotos con un colibrí de cerca, apenas a unos centímetros de sus caras, quizás sea la única vez en su vida que puedan hacerlo. Lo más cerca que hayan estado de un ser vivo tan hermoso.

Hacen cola delante del cacillo, para tomar la foto. Antes de disparar, repiten muecas que creen distintas a otras, seleccionan el encuadre que elimine cualquier borde redondeado del gotero —como si no existiese—, y permanecen insistentes hasta que el colibrí les brinda la posición que desean guardar para el recuerdo.

Enseñarán las fotos que hacen hoy, al regreso en sus jaulas cómodas y caldeadas, en ciudades estresadas, lejos del trópico. Envueltos en la abundancia de objetos inertes que los rodean, recordarán estos días con la nostalgia de una libertad perdida, donde eran seres vivos lejos de sus costumbres, en contacto con otros seres vivos de naturaleza salvaje. Soñarán entre sus sábanas calientes made in China, con nuevos viajes donde vuelvan a sentir que pueden ser parte de algo vivo y hermoso, como lo fueron, por el instante que duró una foto, junto a estos tres pájaros embriagados.

Sin embargo, sólo hay que mirar un par de metros alrededor del gotero para verlo. Con nuestras cámaras en mano, somos pobres colibrís amaestrados, que renunciaron a su naturaleza salvaje por un poco de agua con azúcar. Nos peleamos, furiosos, agitando veloces nuestras alas, en torno a la droga que nos excita, mientras nos fotografían otros, como si fuesen turistas extranjeros equipados de pies a cabeza con prendas protectoras, impermeables, estancas, que repelen las salpicaduras de nuestros movimientos. Exhibimos nuestro plumaje único frente a ellos sin pudor, discutiendo, peleando, piando fuerte para reclamar una única gota de agua con panela que nos embriague y sacie nuestro deseo programado. Hasta que su efecto azucarado abandone nuestra sangre y volvamos, sin habernos ido, a nuestra trampa. Como un hogar cómodo y caldeado —que llamamos nuestra casa—, rodeado de objetos que pensamos elegidos, y sábanas limpias que envuelvan nuestros sueños de viajes exóticos, donde otros pájaros bailen para nosotros. Creyendo que somos lo que ya no somos, porque lo vendimos por el instante que nos brinda una gota de agua envenenada.

 

 

Imagen y texto ©Diana Plaza Ortiz

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