A N A . C O M

Intento extender una línea recta imaginaria desde la punta del dedo índice de Ana hasta alguna de las islas que se ven desde la playa, para saber en cuál vive. Le digo que sí, que la distingo de las otras, aunque realmente no estoy segura de cuál de las masas llanas y verdes me señala. Bajo la visera de su gorra puedo ver sus ojos grandes. Es guapa, y tiene un color de piel muy oscuro, uniforme e intenso. Me he fijado en el tono cuando ha puesto su brazo junto al mío, para decirme que, bajo ese sol, al final del día mi piel sería como la suya.

Ana recorre la playa de un extremo a otro, lo que lleva media hora larga. Lleva un bolso colgando sobre un hombro, y un cubo en la mano contraria. Pasó sobre las nueve ofreciendo masajes, y se lamentó por no poder hacerme trenzas en el pelo.

—¿Por qué te cortaste el pelo, mi amor? ¿Por el calor?

Le digo que sí, que así es más cómodo. Giro la cabeza para enseñarle mi nuca descubierta. En realidad, me lo corté hace seis años cuando me mudé a Alemania, que no es precisamente un lugar cálido.

Ana aprovecha mi posición girada para apretar con su dedo índice firme sobre los músculos de mi cuello. Se da cuenta de la tensión de mi espalda, y sonríe triunfante.

—Pero mi amooor, tú tienes las cervicales muy cargadas. Eso es por que trabajas mucho. ¿Dónde trabajas? ¿En una oficina? —Frunce el ceño, escudriñándome— ¿O eres profesora?

—Profesora —respondo. En verdad siempre he tenido vocación de enseñar.

—¡Lo sabía! —Ana sonríe ampliamente y veo su dentadura blanca interrumpida por el uso de unos brackets bien cuidados unidos por una gomita naranja—. ¿Y viajas sola?

Le digo que no, pero que a mi acompañante no le gusta la playa y ha decidido quedarse en Cartagena.

—Mira que por eso tú estás teeeensa mi amor. Eso es que tu novio no te hace el salto del tiiigre —y suelta una carcajada con la boca abierta, a la que me uno divertida—. Pero mira que yo eso te lo quito con un masaje ahora mismito.

Rápidamente se coloca a mi espalda, y siento el peso de sus manos grandes y fuertes sobre mis hombros. Huelen a algún ungüento vegetal que no acierto a distinguir, que dan sensación de frescor. Noto un escalofrío bajar por mi columna hasta desvanecerse en mis caderas. Me avergüenzo internamente de mi piel pegajosa por el sudor, la crema solar y el salitre. Rechazo su oferta. Se lo agradezco, le digo que lo pensaré, y si al final me decido, se lo diré la próxima vez que pase por delante de mi tumbona.

—Soy Ana, mi amor. Acuérdate, Ana.com. —Hace un gesto sobre el pecho, señalando tres puntos consecutivos, uno por palabra, como si llevase su nombre comercial escrito en el top que lleva puesto.

Al darse la vuelta, las trenzas que salen por el agujero posterior que deja el ajuste de la gorra, trazan un arco majestuoso en el aire, hasta caer sobre su pecho. Algunas se le quedan enredadas entre las tiras cruzadas del escote trasero del top. Mientras la veo alejarse entre las tumbonas, decido darme un baño.

Desde nuestra breve charla ha vuelto a pasar tres veces. Cada vez que pasa por mi lado, me saluda sonriendo, me hace un gesto con las manos que imita el movimiento de un masaje, y yo le devuelvo el saludo con la mano.

A la cuarta vez, me ve escribiendo en mi libreta, sentada en una mesa a la sombra del chiringuito de paja y madera en el que me alojo. Se acerca desde la orilla, deja el cubo y el bolso sobre la arena. Se inclina y apoya sus antebrazos sobre la mesa, entrecruzando los dedos de las manos. Con un movimiento de cabeza, se coloca de nuevo las trenzas al frente y las cuentas de colores tintinan sobre la mesa.

—Hola profesora. ¿Qué estás escribiendo?

—Cosas que se me ocurren —respondo.

—Ah. La meeente — me dice pensativa señalándose la cabeza con el mismo dedo con el que apretó sobre mi cuello la primera vez.

De espaldas a la orilla, mira con gesto serio hacia la dirección por la que venía hasta llegar a mi mesa. Me cuenta que está desanimada porque hay más masajistas que gente hoy en la playa. Con gesto cansado se sienta frente a mí.

—¿Tú tienes hijos?

Le digo que no, y le pregunto lo mismo. Me enseña tres dedos de la mano.

—De quince, once y ocho años.

Me parece jovencísima, y le pregunto su edad. Treinta años. Me cuenta que sus hijos son de dos maridos distintos. De ambos se separó, pero ella mantiene a sus hijos sola, porque el primero está muerto y del segundo no sabe nada.

—Salimos adelante con mi trabajo — me dice pensativa, moviendo la cabeza como asintiendo.

Las dos permanecemos calladas un momento. Ella da media vuelta sobre sí misma, para mirar el mar Caribe, que se desliza manso sobre la orilla. Las tiras cruzadas de su top me permiten ver en franjas su espalda musculosa, la piel oscura, lisa, brillante por el sudor. Suelto el bolígrafo sobre la libreta, y extiendo mi dedo índice hacia una de esas franjas oscuras, recto y decidido como el de Ana sobre mi cuello anteriormente. Me parece sentir el calor de su piel sobre la yema, cuando el ruido de varios motores simultáneos le hacen saltar del banco. Dos lanchas repletas de turistas se aproximan a la costa. Ana se pone en camino dirigiéndose hacia el lado donde desembarcarán.

—Bueno mi amooor. Ya sabes que cuando quieras un masaje, me lo tienes que decir a mí. Que no te lo ofrezca otra por ahí y le digas que sí. Acuérdate de mí mi amor. —Otra vez distingo el naranja de la goma entre sus brackets. Al alejarse, se da la vuelta, levanta la voz y señala sobre el top a la altura del pecho—. Acuérdate, mi amor. Ana.com.

Las trenzas oscilan sobre su espalda, mientras corre hacia las lanchas, con el cubo en la mano, el bolso colgado del hombro al lado contrario. Se ven desde varias direcciones, otras masajistas apresurarse, también percatadas de la llegada las lanchas.

Antes de seguir escribiendo, me enderezo. Echo los hombros hacia atrás, inclino el cuello sobre mi pecho, e intento estirar hacia delante los brazos con las manos juntas, cuando un dolor intenso, como un relámpago, me recorre la espalda.

 

 

Imagen y texto ©Diana Plaza Ortiz

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