N U D O S

[A M A R R E S  I]

—¿Le puedo ayudar en algo?

Me pregunta una mujer que parece de mi edad, piel bronceada envuelta en un pareo recogido al hombro, pelo negro y rizado que asoma anudado en una trenza bajo una pamela que sólo se podría llevar —o ver puesta— en un lugar de playa. Éste en concreto consiste en una cuadrícula rotunda, de diez calles atravesadas por otras cuatro, con algunas ramificaciones que se extienden débiles y sinuosas, del pueblo hasta la costa. Todas son de tierra seca, polvo marrón levantándose al paso, que empaña los zapatos y la piel de los pocos locales y turistas que las recorren a esa hora. En uno de esos ramales me cruzo a la mujer de la pamela, que camina en dirección a la playa.

Me incorporo sorprendida. ¿Por qué necesitaría ayuda? Al instante me doy cuenta de que la mujer me ha visto inclinada hacia delante, con las manos apoyadas sobre las rodillas y mirando hacia el suelo de tierra, bajo una de las pocas sombras en el camino a una hora en la que el sol castiga vertical. Entiendo que es la posición de una mujer exhausta, que se ha parado para coger fuerzas, y recuperar el aliento. Puede que me haya visto así desde unos trescientos metros de distancia, cuando cruzó el cambio de rasante del camino, en el sentido contrario.

La pregunta entonces me parece obvia. Esa mujer se ha encontrado a otra mujer sola en medio del camino, con una mochila en el suelo, quieta como una estatua, inerte, sudando en silencio, sin moverse durante el tiempo que ella ha tardado en recorrer esa distancia. Sin duda yo hubiese hecho lo mismo. Sonrío comprensiva por su preocupación, le agradezco, le digo que estoy bien. Me aparto el flequillo sudado de la frente, me agacho para recoger la mochila del suelo.

—¿Segura? —me pregunta de nuevo. Levanto la mirada, y veo que la mujer baja la cabeza señalando con un gesto hacia el suelo.

Igual que yo me he fijado en su pamela, ella ha visto mis pies, uno enfundado en una bota de montaña, el otro en una sandalia de goma. La mujer de la pamela se ha encontrado a una mujer en medio del camino, inclinada hacia delante, mirándose fijamente los pies, vestidos de manera desigual, sin levantar la vista de ellos durante el tiempo que se tarda en recorrer trescientos metros de un camino de polvo que baja y sube sinuoso. Observándolos meditabunda bajo el único reducto de sombra que permite el sol inflexible a esa hora, concentrada en resolver un dilema que sólo ella conoce.

Saco de la mochila torpemente la bota desparejada, y me agacho de nuevo para limpiar el polvo del pie calzado en la sandalia con un pañuelo de papel usado que encuentro en un bolsillo. Siento un calor interior recorrerme la cara —más calor al calor— al verme descubierta.

—Claro —le digo—. No hay problema. Gracias, es muy amable.

Ella sonríe, asiente, se ajusta levemente la pamela, y continúa su camino hacia la playa. Pienso que, en dirección al mar, parece no haber pérdida.

 

 

Imagen y texto ©Diana Plaza Ortiz

 

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