T R A N S M I L E N I O

I

Al oírlo por primera vez pienso inmediatamente en una nave espacial que atraviesa el cosmos.

II

Un andén de hormigón cubierto por un pabellón de perfiles metálicos de color gris, a modo de lamas horizontales que dejan espacios lineales entreabiertos, aloja a los viajeros que se agrupan en torno a los huecos calculados para coincidir con las puertas del autobús, cuando éste para a recogerlos. Es un lugar poroso en el medio de la autopista, atravesado igualmente por el rugir del tráfico, las inclemencias del tiempo, y el rastro de polución que dejan los vehículos circulando veloces por los carriles de la autopista, también grises. Parece que cualquier eventualidad que ocurriera en los alrededores, pudiese atravesarlo sin obstáculo. Ningún viajero abre la boca para hablar, y tampoco se miran entre ellos, como si tuvieran miedo a ser atravesados también. A volverse materiales porosos, de alveolos permeables que les mimeticen con el paisaje. A convertirse en objetos grises, impasibles, resistentes, inertes. Pienso que el peso del sonido, del hormigón, del metal del tráfico, del aire oscuro proveniente de los tubos de escape ofrecen una gravedad impropia de un transporte espacial que se precie.

III

Al preguntar a la señora de ventanilla cómo llegar a mi destino, me da un código resultante de la combinación de números y letras. Se lo repito entusiasmada, para comprobar que he comprendido bien la contraseña recibida: el ocho hasta la ciento cuarenta y dos, y el jota setenta y cuatro hasta la ciento veintiséis. Espero su confirmación sonriendo, cómplice de un lenguaje secreto. Ella me pide que me aparte de la ventanilla, para atender al siguiente de la fila.

IV

El llanto de una niña logra romper el peso de la atmósfera que inunda uno de los andenes. Es un sonido desgarrador, muy agudo, vibrante y desigual. Rompe la monótona acumulación de zumbidos de frecuencias graves al que todos nos hemos acostumbrado, y se empiezan a ver caras molestas en torno al hueco donde se situará la puerta del autobús esperado. La niña —unos tres años— está en brazos de una chica joven —su madre—, y un chico —el padre, también muy joven— parece que intentara consolarla. O no, tal es el espesor del ruido que nos rodea. Puede estar abroncándola por su comportamiento caprichoso. En este ambiente gris, de viajeros obligados a callar, cansados de ver pasar autobuses hasta que llegue el que corresponda a su código, ¿qué puede apenar a una niña cómodamente resguardada en los brazos de sus padres?

Llega otro autobús —el mío, parece que también el suyo— se abren las puertas frente al hueco calculado, y todos nos empujamos en silencio para entrar. El ímpetu de la entrada es en vano. Afortunadamente aún no es plena hora pico, y el autobús dispone de varios asientos libres. La madre se sienta junto a mí, todavía con la niña llorando en brazos. Arranca el autobús, y el padre saca de su mochila una caja de chocolatinas; se para en el pasillo central y da cuenta en voz alta de los precios y los motivos por los que las vende en el transporte público. Es difícil entenderle, porque el llanto estridente de la niña interrumpe las palabras del padre, sólo audibles cuando la pequeña se ve obligada a coger aire para seguir llorando. Por un instante, me parece que incluso el volumen del llanto crece conforme avanza el discurso del padre. La madre calla —lo sé porque no mueve la boca— y le acaricia el pelo, con la cabeza apoyada sobre el hombro de la pequeña.

No soporto más el llanto de la niña. Decido abandonar el autobús, y esperar en el andén a que pase el siguiente. Le pido a la madre que me deje salir del asiento, le indico que la siguiente es mi parada. Se levanta con la niña en brazos, que sigue llorando, a pesar de que ya no puede oír al padre, porque está recorriendo la parte final del autobús, anunciando su venta a todos los viajeros. Salgo veloz cuando las puertas se abren, pero, una vez fuera, me doy cuenta de que la familia también se apea en el andén. Permanecen quietos en el mismo lugar, junto al hueco vacío de las lamas metálicas. Parece que la niña llora menos. Asumo que está cogiendo fuerzas para el siguiente viaje.

Dejo pasar tres autobuses para seguir con mi trayecto, de acuerdo al código de letras y números que me proporcionaron. El interior del bus está repleto de gente esta vez, porque la hora pico ya ha avanzado; pero sólo se oye el estruendo de la autopista y el crujido del metal del mismo vehículo golpeado a cada bache de la vía. Me agarro fuerte a una de las barras superiores.  Me dejo ensordecer por el zumbido monótono de la nave, permito dócil que acalle mis sentidos, que perfore cualquier atisbo de emoción interna. Ha sucedido. Finalmente me he vuelto una viajera de forma alveolar; me rindo a ser atravesada sin obstáculo, sin impacto ni rastro, hasta llegar a la última parada de mi ruta.

 

 

Imagen y texto ©Diana Plaza Ortiz

2 comentarios en “T R A N S M I L E N I O

  1. La comodidad està en los detalles que uno pueda asimilar o hacerlos parte de uno.
    En tu caso preferiste la espera, el tiempo, tratar de entender tu accion te lleva al punto de partida.
    Recopilacion de los hechos, prioridades pero te das cuenta que eres uno màs del monton pero lo unico que te diferencia es la sabiduría de hacer de los ruidos una armonía de sabores palpables a la tranquilidad de tu alma.

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