B O G O T Á

Buscar un sentido, encontrar una razón, tomar una decisión de forma meditada. Listas de pros y contras, cálculos de tiempo y dinero, valorar lo que nos aporta a nuestro currículo.

En las últimas semanas, amigos y conocidos me han hecho una pregunta de forma recurrente. Yo les he contestado que quería conocer Sudamérica, que debido a las fechas empezar por el sur hubiese supuesto viajar en invierno, que tenía ganas de empezar este viaje con unas vacaciones frente a una playa del Caribe.

Pero en realidad me hubiese gustado leerles a todos este cuento de Amy Hempel:

La policía y el servicio de emergencia no le afectan en absoluto. La voz del esposo suplicante no produce el efecto esperado. La mujer sigue en la cornisa, aunque amenaza que no por mucho tiempo más.

Me imagino que soy yo quien va a tener que disua­dirla para que no se tire. Veo la situación, y sucede de la siguiente manera:

Le cuento la historia de un hombre de Bogotá. Era un hombre rico, un industrial al que secuestraron para pedir un rescate. No era un drama televisivo; su mujer no podía llamar al banco y, en veinticuatro horas, le re­sultaba imposible disponer de un millón de dólares. Le llevó meses reunir esa cantidad. El hombre tenía una afección cardiaca, y los secuestradores tenían que man­tenerlo con vida.

Escuche esto, le digo a la mujer de la cornisa. Sus captores le obligaron a dejar de fumar, le cambiaron la dieta y le forzaron a hacer gimnasia todos los días. Lo tuvieron bajo ese régimen durante tres meses.

Cuando se pagó el rescate y liberaron al hombre, su médico le hizo un chequeo. Comprobó que el estado de salud del hombre era excelente. Le digo a la mujer lo que dijo aquel médico: que el secuestro era lo mejor que podía haberle ocurrido a aquel hombre.

Quizá no sea una historia adecuada para que alguien decida bajar de una cornisa. Pero la cuento con la in­tención de que la mujer que está subida en la cornisa se haga una pregunta, la pregunta que se le pasó por la ca­beza a aquel hombre de Bogotá. Se preguntó cómo sa­bemos que lo que nos ocurre no es bueno.

Tendría que habérselo contado a todos. Y decirles que al leerlo tumbada en la cama, cerré los ojos y pronuncié en voz alta el nombre de mi primer destino.

*Escribo este fragmento sin tener delante el cuento de Amy Hempel, El hombre de Bogotá, por lo que transcribo una traducción encontrada en la red.

Imagen y texto ©Diana Plaza Ortiz

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