D E U D A S

No queremos deberle nada a nadie. Que, en esta vida, nadie pueda reclamarnos nada. Como un apéndice, la deuda brota en nuestro cuerpo, y permanece hasta ser liquidada. Ninguna cirugía o emplasto milagroso conseguirá reducirla. La única opción es el pago del adeudo que contrajimos.

La vida con una deuda puede ser azarosa: temer no devolverla, buscar los medios para hacerlo, esconderse de aquél al que debemos, rehuir la mirada de los que la conocen. Gastamos nuestro tiempo en hacer sumas, restas, cálculos, montones. Recurrimos a créditos, que crean otras nuevas. Las deudas se reproducen de forma exponencial.

Algunos conviven mejor con ellas. Pero el moroso es siempre un apestado. Un enfermo al que nadie quiere cerca, porque la probabilidad de contagio es inminente. Nos convierte en jueces o deudores al primer contacto. ¿Y si me pide un préstamo? ¿Cómo pudiste hacerlo? ¡Gastaste más de lo que tenías! Lo siento, pero no puedo ayudarte. Apostar es un vicio terrible.

Podemos intentarlo, pero las deudas son inolvidables. Las apuntamos en las notas del móvil, en la agenda, en papeles adhesivos sobre las puertas de nuestra nevera. Las notifica el banco, puntualmente, en formato rojo y negativo. Cogemos el camino más largo, para evitar el encuentro con nuestros usureros. Si sucede, formulamos el discurso de disculpa preparado, arrepentidos, conscientes. En voz baja, para que no nos oigan los vecinos, les suplicamos prórrogas inciertas.

Desesperados, no calculamos bien las consecuencias. Familias divididas, amistades rotas, herederos estafados por padres mentirosos. ¿Cómo no podían sus hijos saber nada? Como un parásito, el déficit se introduce en la carne y la pudre. El saldo, en ocasiones, es la amputación

Hay que saber que una deuda siempre crea un hueco, un vacío, hasta que se devuelve. Si se retrasa el pago, puede encontrarse el agujero que dejó, deformado. La deuda, ya devuelta, ha perdido el valor que tuvo años atrás, y no encaja. No cubre los intereses creados. Su devolución no garantiza el saldo satisfactorio, porque el valor de la falta es irrecuperable.

Este viaje es una deuda propia. Escribir, una forma de saldarla. Con suerte, al cierre de cuentas, conseguiré un saldo positivo.

Imagen de la obra El viaje, por Bernardo Salcedo (1975). Colección de Arte del Banco de la República. Museo del Oro, Bogotá, Colombia.

Texto ©Diana Plaza Ortiz

2 comentarios en “D E U D A S

  1. Precioso inicio cargado de energía y esperanzadoras palabras
    ¿Quien no tiene deudas con alguien y sobre todo consigo mismo?
    Animo compañera en este viaje nuevo, en esta etapa nueva de vida que te va a enriquecer, estoy segura, el resto de ella

    Te doy la enhorabuena por tus palabras y sobre todo por este gran paso tan lleno de vida
    Te quiero, lo sabes

    Me gusta

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